Cuando el estrés se muda a casa

Cómo la presión constante afecta a padres, hijos y la salud de toda la familia

Todas las familias atraviesan momentos de presión. Hay cuentas que pagar, responsabilidades laborales, decisiones difíciles, problemas escolares, enfermedades y temporadas en las que parece que no existen suficientes horas en el día para hacer todo lo necesario. Tener dificultades no significa que una familia esté fracasando. Vivimos en un mundo donde los problemas forman parte de nuestra experiencia, y la Biblia nunca promete que las familias cristianas estarán libres de ellos. Sin embargo, existe una diferencia importante entre atravesar una temporada difícil y permitir que la tensión se convierta en el ambiente permanente del hogar.

Una familia puede acostumbrarse tanto a vivir apresurada que deja de reconocer lo cansada que está. Las mañanas comienzan corriendo, los padres están preocupados por el dinero, los niños tienen escuela, tareas y actividades, las comidas se hacen rápidamente y siempre parece haber algo pendiente. Mamá y papá necesitan hablar, pero nunca encuentran el momento adecuado. El descanso disminuye y, con él, también la paciencia. Entonces ocurre algo pequeño: un niño derrama un vaso de agua, alguien no encuentra sus zapatos o una tarea no fue terminada, y la reacción parece mucho mayor que el problema. Muchas veces no estamos reaccionando solamente a lo que acaba de suceder. Estamos respondiendo con todo el cansancio, la preocupación y la frustración que hemos acumulado. El problema ya no es solamente que la familia tiene estrés; el estrés ha comenzado a dirigir la familia.

Los hijos pueden percibir mucho de lo que sucede en casa, aunque los padres intenten protegerlos. Quizá no conozcan el saldo de la cuenta bancaria, pero escuchan las conversaciones acerca del dinero. Tal vez no comprendan todos los problemas matrimoniales, pero pueden percibir la distancia entre mamá y papá. No conocen las presiones del trabajo, pero saben cuándo un padre llega constantemente irritado. Los niños observan nuestro tono de voz, nuestros silencios, nuestra paciencia y la manera en que reaccionamos cuando algo sale mal. Por eso Ellen G. White dio tanta importancia en El Hogar Adventista y Conducción del Niño a la influencia de los padres y a la atmósfera que se crea dentro del hogar. La casa no es solamente el lugar donde un niño duerme y come; es una de sus primeras escuelas para aprender confianza, dominio propio, relaciones y carácter.

La presión económica es un buen ejemplo de cómo una dificultad puede extenderse a toda la familia. Llega una cuenta inesperada, uno de los padres comienza a preocuparse, la preocupación produce irritabilidad, el cónyuge hace una pregunta y la conversación termina en discusión. Los niños escuchan. Ahora un problema que comenzó con dinero también se ha convertido en un problema emocional. Esto no significa que debamos esconder todas las dificultades económicas de nuestros hijos. Es saludable que aprendan responsabilidad, prudencia y la diferencia entre necesidades y deseos. Pero existe una gran diferencia entre decir: “Durante un tiempo vamos a tener que cuidar más nuestros gastos” y hacer sentir al niño que la estabilidad económica de la familia depende de él. Los hijos pueden conocer una dificultad sin tener que cargar con la preocupación de los adultos.

Jesús habló precisamente de la tendencia humana a preocuparnos por las necesidades de la vida. En Mateo 6 mencionó la comida, la bebida y la ropa, y después declaró: “Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán” (Mateo 6:34). Jesús no estaba enseñando irresponsabilidad. Podemos hacer un presupuesto y confiar en Dios. Podemos reducir gastos y confiar en Dios. Podemos buscar trabajo, pedir ayuda, reorganizar nuestras prioridades y seguir confiando en Dios. La fe no reemplaza nuestra responsabilidad; nos permite ejercerla sin permitir que el temor se convierta en el dueño de nuestra casa.

Algo parecido ocurre con la tensión matrimonial. Los padres pueden pensar que sus problemas pertenecen exclusivamente a ellos, pero cuando el conflicto cambia el ambiente del hogar, los hijos también comienzan a vivir dentro de él. No siempre tiene que haber gritos. Puede existir silencio hostil, sarcasmo, distancia o comentarios hirientes. A veces uno de los padres comienza a hablar negativamente del otro delante de los hijos, o utiliza al niño para transmitir mensajes. Sin darse cuenta, los adultos pueden colocar al hijo en medio de un problema que nunca le correspondió resolver. Los niños no deberían convertirse en árbitros, mensajeros ni confidentes de los conflictos de sus padres.

Los desacuerdos ocurrirán incluso en hogares cristianos. La verdadera pregunta es qué aprenden nuestros hijos observándonos cuando estamos en desacuerdo. ¿Ven insultos, desprecio y resentimiento, o ven adultos que pueden calmarse, conversar, reconocer sus propios errores, pedir perdón y buscar una solución? Efesios 4:31-32 nos aconseja quitar la amargura, el enojo, la ira y la gritería, y reemplazarlos con bondad, misericordia y perdón. Nuestros hijos necesitan descubrir que los principios cristianos no funcionan solamente cuando todos estamos contentos. Necesitan ver cómo funcionan cuando estamos cansados, preocupados o molestos.

Otra fuente de tensión familiar puede parecer inofensiva porque está formada por cosas buenas: estar demasiado ocupados. Trabajo, escuela, deportes, clases, actividades extracurriculares, responsabilidades de iglesia, reuniones, compras y compromisos pueden llenar prácticamente cada hora de la semana. Cada actividad puede tener valor por sí misma, pero juntas pueden producir una vida familiar que nadie puede sostener tranquilamente. Salimos de una actividad corriendo hacia la siguiente, comemos rápidamente, llegamos tarde, dormimos menos y hablamos menos. Poco a poco desaparece algo que una familia necesita profundamente: espacio.

Necesitamos espacio para conversar, jugar, caminar, estar afuera, compartir una comida y simplemente estar juntos. Necesitamos momentos en los que un niño pueda acercarse a su padre o a su madre sin escuchar inmediatamente: “Ahora no, estoy ocupado”. Incluso necesitamos espacio para Dios. Jesús vivió una vida extraordinariamente activa de servicio, pero también reconoció la necesidad del descanso. En Marcos 6:31 dijo a sus discípulos: “Venid vosotros aparte a un lugar desierto, y descansad un poco”. Reconocer nuestros límites no es falta de fe. En muchas ocasiones es simplemente sabiduría.

La prisa constante también puede cambiar la manera en que hablamos con nuestros hijos. “¡Apúrate!”, “¡Vamos tarde!”, “¡Come rápido!”, “¡Busca tus zapatos!”, “¡Haz tu tarea!”, “¡Vete a dormir!”. Todas estas instrucciones pueden ser necesarias, pero imaginemos que constituyen la mayor parte de lo que un niño escucha de sus padres durante la semana. Puede vivir con personas que lo aman profundamente y, sin embargo, recibir principalmente órdenes. Los hijos necesitan conversación sin agenda. Necesitan reír, hacer preguntas, contar historias y trabajar junto a nosotros. Ellen White aconsejó a los padres que cultivaran la compañía de sus hijos y procuraran ganar su confianza. Esa clase de relación necesita tiempo. No puede construirse exclusivamente con los minutos que sobran después de todas nuestras demás obligaciones.

Los padres también debemos reconocer cuándo nuestros propios problemas están afectando la forma en que tratamos a nuestros hijos. Imagine a un padre que tuvo un día difícil en el trabajo, está preocupado por el dinero, durmió mal y tiene varias decisiones pendientes. Llega a casa y descubre que su hijo dejó algo tirado en la sala. Inmediatamente explota: “¡¿Cuántas veces tengo que decirte lo mismo?!”. El niño ciertamente tenía una responsabilidad, pero la intensidad de aquella reacción probablemente no vino solamente de lo que estaba en el piso. El hijo terminó recibiendo también el cansancio del trabajo, la preocupación económica y todo lo demás que el adulto llevaba acumulado.

En momentos así conviene hacernos una pregunta difícil: “¿Estoy respondiendo a lo que mi hijo realmente hizo o estoy descargando sobre él todo lo demás que estoy sintiendo?”. Proverbios 16:32 dice: “Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad”. Este principio no es solamente para nuestros hijos. También es para nosotros. No podemos exigirles dominio propio mientras justificamos constantemente nuestra propia falta de dominio.

Ellen G. White enfatizó repetidamente la paciencia, la bondad, la cortesía, el dominio propio y el ejemplo de los padres. Esto nos obliga a mirar más allá del comportamiento del niño. Antes de decir “mi hijo tiene mal carácter” o “mis hijos están demasiado irritables”, también podemos preguntarnos cómo nos hablamos los adultos, cuánto descansamos, cuánto corremos, qué nivel de tensión existe en casa y qué ejemplo damos cuando las cosas no salen como queremos. A veces una reforma familiar no necesita comenzar con los hijos. Necesita comenzar con los padres.

La respuesta cristiana al estrés tampoco consiste en fingir que los problemas no existen. Podemos decir “Dios proveerá”, y es verdad, pero quizá también necesitemos preparar un presupuesto. Podemos orar para que Dios restaure un matrimonio, pero tal vez sea necesario reconocer errores, cambiar comportamientos y pedir perdón. Podemos confiar en que Dios cuidará de nuestros hijos, pero nosotros continuamos teniendo la responsabilidad de estar presentes, protegerlos y guiarlos. Filipenses 4:6-7 nos invita a llevar nuestras preocupaciones a Dios mediante la oración. La oración no es negar la realidad; es llevar esa realidad delante de Dios y pedir sabiduría para actuar correctamente.

Quizá una de las decisiones más importantes para una familia bajo presión no sea agregar algo nuevo, sino eliminar algo. No todas las actividades son necesarias. No todas las invitaciones requieren un sí. No necesitamos llenar cada tarde ni mantener un estilo de vida que nos obliga a vivir permanentemente agotados y preocupados. Una familia necesita margen. Desde la creación encontramos un ritmo de trabajo y descanso, y el sábado nos recuerda de una manera especial que nuestra existencia no puede reducirse a producir, correr, comprar, trabajar y alcanzar la próxima meta. Existe un momento para detenernos, adorar, estar juntos y recordar que nuestra vida depende de Dios.



Quizá nunca podamos ofrecer a nuestros hijos una infancia completamente libre de dificultades, y esa tampoco debería ser nuestra meta. Ellos necesitan aprender que la vida incluye problemas. Lo que sí podemos ofrecerles es el ejemplo de cómo una familia cristiana enfrenta esos problemas. Cuando falta dinero, pueden observarnos buscar soluciones responsablemente en lugar de permitir que el pánico gobierne la casa. Cuando existe un desacuerdo, pueden ver reconciliación en lugar de destrucción. Cuando estamos cansados, pueden vernos reconocer nuestros límites. Cuando cometemos un error, pueden escucharnos pedir perdón. Y cuando no sabemos qué hacer, pueden vernos acudir a Dios.

Por eso quizá la pregunta que algunas familias necesitan hacerse no sea: “¿Cómo podemos hacer más?”, sino: “¿Qué estamos haciendo demasiado?”. Tal vez estamos demasiado ocupados, demasiado preocupados, demasiado conectados a nuestros teléfonos o demasiado cansados para escucharnos unos a otros. Quizá necesitamos comer juntos con mayor frecuencia, dormir más, eliminar alguna actividad, apagar los teléfonos durante la comida, caminar juntos, resolver los conflictos antes de acumular resentimiento, proteger el tiempo familiar y volver a orar juntos sin convertir incluso la oración en otra actividad apresurada.

Jesús hizo una invitación particularmente hermosa para quienes llevan cargas: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28). El hogar cristiano no será un lugar sin problemas. Habrá temporadas económicas difíciles, cansancio, desacuerdos e incertidumbre. La meta no es construir una casa donde nunca exista estrés. La meta es evitar que el estrés se convierta en el dueño de la casa.

Nuestros hijos necesitan ver que una familia puede atravesar una tormenta sin convertirse ella misma en la tormenta. Puede detenerse, hablar, pedir perdón, cambiar prioridades, ayudarse mutuamente, descansar y orar. Puede enfrentar responsablemente aquello que está dentro de su control y entregar a Dios aquello que no puede controlar. Y aun en medio de una temporada difícil, el hogar puede seguir siendo un lugar donde existen amor, seguridad, paciencia, fe y esperanza.

Fuentes: La Biblia — Mateo 6:25-34; Mateo 11:28-30; Marcos 6:31; Efesios 4:31-32; Filipenses 4:6-7; Proverbios 16:32. Ellen G. White — El Hogar Adventista, Conducción del Niño y El Ministerio de Curación.