
Cuando pensamos en la salud de nuestros hijos, normalmente pensamos primero en aquello que podemos ver, si están comiendo bien, si duermen lo suficiente, si hacen ejercicio, si están creciendo adecuadamente o si presentan algún síntoma de enfermedad. Sin embargo, existe otra dimensión de la salud que no siempre puede observarse con tanta facilidad. Es la seguridad emocional que un niño experimenta dentro de su propio hogar. Un niño puede tener alimento, ropa, educación y protección física, y aun así preguntarse interiormente si puede expresar lo que siente, si puede admitir un error, si puede hablar de sus temores o si seguirá siendo amado cuando decepcione a sus padres.
La seguridad emocional comienza cuando el hogar se convierte en un lugar donde el niño sabe que puede decir la verdad. Esto no significa que todo comportamiento será aceptado ni que desaparecerán la disciplina y las consecuencias. Significa que aun cuando el niño haya hecho algo incorrecto, puede acercarse a sus padres sabiendo que será escuchado y corregido sin ser destruido emocionalmente. Existe una enorme diferencia entre decirle a un hijo: “Lo que hiciste estuvo mal y debemos resolverlo”, y decirle: “¿Qué te pasa? Siempre haces todo mal”. La primera frase confronta una conducta; la segunda puede comenzar a definir la identidad del niño.
Muchos padres desean sinceramente que sus hijos hablen con ellos. Les dicen: “Puedes contarme cualquier cosa”. Sin embargo, esa promesa se pone a prueba cuando el niño finalmente cuenta algo que el padre no quería escuchar. Tal vez confiesa una mentira, una mala calificación, una desobediencia o algo que hizo a escondidas. Quizá revela que alguien lo está molestando en la escuela, que tiene miedo de algo, que se siente solo o incluso que está enojado con uno de sus padres. En esos momentos, la primera reacción del adulto puede determinar si el niño volverá a hablar la próxima vez.
Un padre no necesita aprobar una mala conducta para escuchar primero. Si el niño mintió, la mentira debe corregirse. Si desobedeció, puede ser necesaria una consecuencia. Si lastimó a alguien, debe aprender a asumir responsabilidad. Pero escuchar antes de reaccionar permite comprender qué ocurrió y, más importante aún, enseña al niño que decir la verdad sigue siendo mejor que esconderla. Cuando la confesión siempre produce una explosión de ira, algunos niños no necesariamente aprenden a comportarse mejor; pueden aprender simplemente a ocultar mejor sus errores.

La Biblia ofrece un principio importante en Santiago 1:19:, “Todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse”. Aunque este consejo no fue escrito exclusivamente para padres, su aplicación dentro del hogar es profunda. Escuchar requiere dominio propio. Muchas veces el padre ya está preparando la respuesta mientras el niño todavía está hablando. En otras ocasiones, la reacción nace del miedo: “¿Qué significa esto para el futuro de mi hijo?” Ese temor puede convertir una conversación que necesitaba comprensión y dirección en una confrontación llena de enojo.
La Biblia tampoco presenta las emociones humanas como algo que deba ocultarse. David expresó miedo, tristeza, angustia y desesperación en los Salmos. Job habló abiertamente acerca de su sufrimiento. Elías atravesó un momento de profundo desaliento y agotamiento. Incluso Jesús lloró ante la tumba de Lázaro. La Escritura no enseña que sentir tristeza, temor o enojo sea automáticamente pecado. Más bien, nos enseña qué hacer con nuestras emociones y cómo impedir que ellas gobiernen nuestras acciones.
Esta distinción es particularmente importante para los niños. Cuando un niño dice: “Estoy enojado con mi hermano”, la respuesta no tiene que ser: “No estés enojado”. El padre puede responder: “Entiendo que estás muy enojado. Cuéntame qué pasó”. Después de escuchar, todavía puede establecer un límite claro: “Puedes estar enojado, pero no puedes golpear a tu hermano”. De esta manera, el sentimiento es reconocido mientras la conducta es regulada. Efesios 4:26 expresa precisamente esta distinción cuando dice: “Airaos, pero no pequéis”. El objetivo no es criar hijos incapaces de sentir emociones difíciles, sino enseñarles a manejarlas con dominio propio.
En algunos hogares cristianos existe el riesgo de espiritualizar demasiado rápido las emociones de los niños. Un niño dice que tiene miedo y recibe inmediatamente la respuesta: “No tengas miedo; debes confiar en Dios”. Dice que está triste y escucha: “Debes agradecer todo lo que tienes”. Expresa enojo y se le dice que un cristiano no debería sentirse así. Las verdades bíblicas acerca de la confianza, la gratitud y el dominio propio son esenciales, pero cuando se utilizan solamente para terminar una conversación, el niño puede aprender a esconder lo que siente en lugar de aprender a llevar sus emociones a Dios.
Podemos enseñar algo mucho más profundo. Podemos decir: “Entiendo que tienes miedo. Vamos a hablar de lo que te preocupa y después vamos a orar juntos”. De esta manera, la fe no se utiliza para negar la emoción; se convierte en el lugar hacia donde llevamos la emoción. El niño aprende que puede presentarse delante de Dios con temor, tristeza, preguntas y preocupaciones. Los Salmos están llenos precisamente de este tipo de experiencia.
Ellen G. White escribió extensamente acerca de la importancia de ganar la confianza de los hijos. En El Hogar Adventista y Conducción del Niño, encontramos repetidamente el principio de que los padres deben acercarse a sus hijos, conocer sus dificultades, cultivar su confianza y combinar la firmeza con el afecto. La autoridad parental no debe depender solamente del poder que posee el adulto sobre el niño. Debe desarrollarse dentro de una relación en la cual el hijo sabe que sus padres procuran sinceramente su bienestar.
Esto requiere tiempo. La confianza no aparece automáticamente porque una persona tenga el título de padre o madre. Se construye durante cientos de pequeñas interacciones. Se construye cuando el niño habla y el padre deja el teléfono. Se construye cuando hace una pregunta difícil y no es ridiculizado. Se construye cuando comete un error y encuentra corrección, pero también dirección. Se construye cuando descubre que puede decir algo incómodo sin perder inmediatamente la cercanía de sus padres.
También puede destruirse poco a poco. El sarcasmo constante, la burla, las comparaciones y las etiquetas pueden tener efectos que los adultos subestiman. Expresiones como “eres flojo”, “eres demasiado sensible”, “siempre causas problemas” o “¿por qué no puedes ser como tu hermano?” pueden convertirse en algo mucho mayor que una frase pronunciada durante un momento de frustración. Proverbios 12:18 advierte que existen palabras que hieren “como golpes de espada”, mientras que “la lengua de los sabios es medicina”. Dentro de la familia, nuestras palabras pueden convertirse en cualquiera de las dos cosas.
Comparar hermanos merece especial atención. Los padres pueden hacerlo intentando motivar, pero el resultado puede ser competencia y resentimiento. Un niño comienza a ser “el inteligente”, otro “el problemático”, otro “el responsable” y otro “el sensible”. Incluso las etiquetas aparentemente positivas pueden convertirse en cargas. El niño considerado “el inteligente” puede comenzar a creer que fracasar es inaceptable. El “responsable” puede sentir que siempre debe cuidar de todos. El “problemático” puede terminar aceptando la identidad que la familia le ha asignado. Cada hijo necesita ser corregido y guiado como individuo, no constantemente medido contra sus hermanos.
La seguridad emocional tampoco significa un hogar sin autoridad. Un niño necesita escuchar “no”. Necesita responsabilidades, límites y consecuencias. Necesita aprender que no siempre obtendrá lo que desea y que sus decisiones producen resultados. Proteger a un niño de toda frustración tampoco lo prepara para la vida. La diferencia está en cómo se ejerce la autoridad. Un padre puede decir: “Sé que estás decepcionado y entiendo por qué. Pero la respuesta sigue siendo no”. En esa sencilla respuesta existen simultáneamente empatía y firmeza.
Ellen White insistió también en la importancia del dominio propio de los padres. Este punto es fundamental porque muchas veces hablamos extensamente acerca del comportamiento del niño sin examinar el comportamiento del adulto. Un padre llega cansado del trabajo. Una madre ha pasado el día resolviendo problemas. Existen preocupaciones financieras, falta de sueño, problemas matrimoniales o responsabilidades acumuladas. Entonces el niño derrama un vaso de agua y el adulto explota. La intensidad de la reacción tiene muy poco que ver con el vaso de agua; el niño simplemente recibió todo el estrés acumulado que el adulto llevaba consigo.
Proverbios 16:32 declara: “Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad”. El dominio propio que exigimos de nuestros hijos debe comenzar a verse también en nosotros. Antes de reaccionar, a veces necesitamos preguntarnos: “¿Estoy respondiendo a lo que mi hijo realmente hizo, o estoy descargando sobre él algo que pertenece a otro problema?”

Los padres, por supuesto, también se equivocan. Pueden hablar demasiado fuerte, reaccionar injustamente o interpretar incorrectamente una situación. Cuando eso sucede, una de las experiencias más saludables que puede tener un niño es escuchar a su padre o a su madre decir: “Me equivoqué. Perdóname”. Algunos adultos temen que pedir perdón disminuya su autoridad. Sin embargo, reconocer una falta puede enseñar algo mucho más poderoso: que la autoridad no coloca a nadie por encima de los principios de Dios.
Un padre puede decir: “Lo que hiciste necesitaba corrección, pero la manera en que te hablé estuvo mal. No debí gritarte. Perdóname”. La responsabilidad del niño no desaparece, pero el padre también asume la suya. Así, conceptos cristianos como confesión, arrepentimiento y perdón dejan de ser solamente palabras de una lección bíblica y comienzan a verse dentro de la vida cotidiana.
Otro aspecto importante de la seguridad emocional consiste en proteger a los niños de cargas que pertenecen a los adultos. Los hijos pueden saber que una familia atraviesa dificultades, pero no deben convertirse en terapeutas, mensajeros o árbitros de sus padres. Durante problemas matrimoniales, dificultades financieras, separaciones o conflictos familiares, existe una diferencia entre hablar honestamente con un niño de acuerdo con su edad y descargar sobre él información que no está preparado para procesar.
Un padre puede decir: “Estamos pasando por un momento difícil, pero estamos trabajando en ello y tú no eres responsable de solucionarlo”. Eso es muy diferente de involucrar al niño en acusaciones contra el otro padre o hacer que sienta que debe escoger un lado. Los niños necesitan libertad para amar a sus padres sin convertirse en participantes de los conflictos de los adultos.
La seguridad emocional adquiere una importancia todavía mayor cuando un niño revela algo serio. Si dice que alguien lo está acosando, amenazando, lastimando, tocando inapropiadamente o haciéndolo sentir inseguro, necesita encontrar un adulto dispuesto a escuchar con seriedad. La reacción inicial no debería ser incredulidad, culpa o interrogatorio agresivo. Una respuesta como “Gracias por decírmelo; quiero entender lo que pasó” puede abrir la puerta para obtener la información necesaria y tomar medidas apropiadas para protegerlo. Cuando existe una situación de abuso, peligro o sufrimiento emocional serio, la oración y el apoyo familiar son importantes, pero no sustituyen la intervención de profesionales calificados ni, cuando corresponda, de las autoridades.
Todo esto tiene también una dimensión espiritual. Los niños comienzan a comprender conceptos como autoridad, justicia, misericordia, confianza y perdón mediante sus primeras relaciones. Los padres no representan perfectamente a Dios y nunca deberían pretender hacerlo. Sin embargo, la manera en que ejercemos autoridad puede influir en cómo nuestros hijos inicialmente comprenden estos conceptos espirituales.
Efesios 6:4 contiene una advertencia particularmente relevante: “Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor”. Es significativo que el mismo versículo que sostiene la responsabilidad de disciplinar también advierta contra una manera de ejercer la autoridad que provoque innecesariamente a los hijos. La disciplina bíblica y la seguridad emocional no son enemigas. Correctamente entendidas, trabajan juntas.
Un hogar emocionalmente seguro, entonces, no es un hogar perfecto. No es una familia donde nadie llora, nadie se enoja y nunca existen desacuerdos. Tampoco es un hogar donde los hijos siempre obedecen y los padres siempre reaccionan correctamente. Ese hogar no existe.
Un hogar emocionalmente saludable es aquel donde las relaciones pueden ser reparadas. Allí se puede decir: “Eso estuvo mal”. También se puede decir: “Me dolió”. Se puede decir: “Necesito ayuda”, “Me equivoqué”, “Perdóname” y “Te perdono”. La verdad no necesita destruir el amor y el amor no necesita esconder la verdad.
Quizás una de las mejores preguntas que un padre cristiano puede hacerse sea esta: “Cuando mi hijo tenga el peor problema de su vida, ¿deseará venir a hablar conmigo o tendrá miedo de hacerlo?”
La respuesta no se decide el día en que llega esa gran crisis. Se está formando ahora, en las pequeñas conversaciones de todos los días, en nuestra manera de escuchar, corregir, reaccionar, perdonar y amar.
Colosenses 3:12-14 invita a los creyentes a vestirse de misericordia, benignidad, humildad, mansedumbre y paciencia, soportándose y perdonándose unos a otros, y finalmente añade: “Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto”.
Ese principio comienza en casa.
La seguridad emocional no elimina la autoridad de los padres. La hace más responsable. No elimina la disciplina. Le da un propósito. No enseña a los niños a obedecer cada emoción. Les enseña a comprenderlas y gobernarlas.
Y poco a poco, el hogar puede convertirse en ese lugar donde un niño sabe que puede decir la verdad, recibir dirección, enfrentar consecuencias, encontrar perdón y seguir teniendo la seguridad de que pertenece y es amado.
Biblia: Salmos; Proverbios 12:18; Proverbios 15:1; Proverbios 16:32; Juan 11:35; Efesios 4:26; Efesios 6:4; Colosenses 3:12-14; Santiago 1:19; Santiago 5:16.
Ellen G. White: El Hogar Adventista, especialmente las secciones sobre la relación entre padres e hijos, el ambiente del hogar, la cortesía, el amor y la disciplina.
Ellen G. White: Conducción del Niño, especialmente las secciones relacionadas con disciplina, dominio propio, confianza, ejemplo parental y formación del carácter.
Ellen G. White: El Ministerio de Curación, particularmente los principios relacionados con la influencia de la mente, el hogar y el desarrollo físico, mental y espiritual.