[Daremos algunos extractos de esta epístola, en parte por curiosidad, y en parte para mostrar la credulidad de nuestros antepasados, y por qué medios fueron intimidados a lo que para ellos era una nueva observancia religiosa.]
“Yo, el Señor, que os mandé que observarais el día dominical, y no lo habéis guardado, ni os habéis arrepentido de vuestros pecados, como dije por mi evangelio, el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán; he hecho que se os predique arrepentimiento para vida, y no habéis creído; envié paganos contra vosotros, los cuales derramaron vuestra sangre, y aun así no creéis; y porque no guardasteis el día dominical, por algunos días tuvisteis hambre; pero pronto os di abundancia, y después hicisteis peor. Ordeno nuevamente que desde la hora novena del sábado hasta la salida del sol del lunes, nadie haga obra alguna sino lo que sea bueno, y si alguno lo hace, enmiéndese por arrepentimiento; y si no obedecéis este mandamiento, amén, os digo, y os juro por mi asiento, por mi trono y por los querubines que guardan mi santo asiento, que no cambiaré nada por otra epístola; sino que abriré los cielos, y en vez de lluvia haré llover sobre vosotros piedras, troncos de madera y agua caliente de noche, y nadie podrá impedirlo, para que yo destruya a todos los hombres malvados. Esto os digo: moriréis, por causa del día santo dominical y de otras fiestas de mis santos que no habéis guardado. Enviaré sobre vosotros bestias con cabezas de león, cabello de mujer y colas de camello; y estarán tan consumidas por el hambre que devorarán vuestra carne, y desearéis huir a los sepulcros de los muertos y esconderos por temor de las bestias; y quitaré de vuestros ojos la luz del sol; y enviaré sobre vosotros oscuridad, para que sin ver os matéis unos a otros; y apartaré de vosotros mi rostro, y no os mostraré misericordia; porque quemaré vuestros cuerpos y vuestros corazones, de todos los que no guardan el santo día dominical. Oíd mi voz, no sea que perezcáis en la tierra por causa del día santo dominical. Sabed ahora que estáis a salvo por las oraciones de mi santísima madre María, y de mis santos ángeles que diariamente oran por vosotros.”