LA VERDAD PRESENTE
Por Jaime White

PUBLICADO SEMIMENSUAL
VOL. I.-MIDDLETOWN, CONN., AGOSTO DE 1849.-NO. 2.

“La comunión íntima de Jehová es con los que le temen, y a ellos hará conocer su pacto.”--Salmo 25:14.


Las Escrituras que comúnmente se citan para probar la abolición del sábado, examinadas
Concluido
Colosenses 2:14-17 también se cita para probar que el sábado del séptimo día ha sido abolido.
“Anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz.”
La cédula de los decretos que fue clavada en la cruz en la crucifixión del Mesías era la ley típica y ceremonial de Moisés, la cual fue escrita por la mano de Moisés en un libro.
La crucifixión fue la línea divisoria entre las dos dispensaciones. “A la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda.” Daniel 9:27.
El primer pacto, que tenía “ordenanzas de culto y un santuario terrenal,” era sombra del segundo y mejor pacto. La ley era la sombra, y el Evangelio es el cuerpo que proyecta la sombra; y como todas las sombras llegan hasta su cuerpo, y no más allá, queda muy claro que los sacrificios y ofrendas, las lunas nuevas, los días de fiesta y los sábados de la ley judía cesaron cuando el precioso cuerpo y la sangre del Cordero de Dios fueron sacrificados en la cruz. Esto es lo que Pablo llama “clavándola en la cruz.”
“Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo; todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo.”
Si comparamos este texto con Romanos 14:3-6, veremos que ambos se refieren al mismo asunto. Algunos seguían observando los sábados judaicos, las lunas nuevas y los días de fiesta, después que fueron abolidos y clavados en la cruz, y otros no. Pablo no quería que los colosenses fuesen juzgados por maestros judaizantes respecto de aquellas cosas que ya habían cesado, conforme al testimonio del profeta.
“Haré cesar todo su gozo, sus fiestas, sus nuevas lunas y sus días de reposo, y todas sus festividades.” Oseas 2:11.
Ahora iremos a Levítico 23:24-38. Aquí hay cuatro sábados judíos. Uno en el primer día del mes séptimo, uno en el décimo, uno en el decimoquinto y uno en el vigésimo tercero.
“Estas son las fiestas solemnes de Jehová, a las que convocaréis santas reuniones,” “ADEMÁS DE LOS DÍAS DE REPOSO DE JEHOVÁ.” Levítico 23:37, 38.
Los sábados de Jehová nuestro Dios vienen cada séptimo día; pero algunos de los sábados de convocación judíos estaban separados por nueve días, y entre otros había apenas cuatro días. Aquí se hace una clara diferencia entre las dos clases de sábados. El sábado de Jehová, llamado así a modo de distinción, no se clasifica con los otros sábados. Los judíos debían observar sus sábados de convocación en su tiempo señalado, “ADEMÁS DE LOS DÍAS DE REPOSO DE JEHOVÁ.”
El sábado de Jehová nuestro Dios fue instituido en la creación, antes de la caída, cuando la tierra y el hombre eran santos, y el Edén florecía sobre la tierra. Los sábados de convocación de los judíos fueron dados en el monte Sinaí, más de dos mil quinientos años después, y eran una parte de la cédula de los decretos de la ley de Moisés, que fue clavada en la cruz en la muerte del Mesías.
El hecho de que algunos enseñaban estas costumbres judías a la iglesia cristiana, y la juzgaban con respecto a ellas, llevó al apóstol a escribir, como lo hizo a los Gálatas, Romanos y Colosenses, sobre este asunto.
Ahora, ¿dónde está la prueba de que el apóstol se refiere al sábado semanal en Colosenses 2:14-17? Si existe, que se presente. No temo afirmar, sin embargo, que no hay buena evidencia que pueda darse para probar que él se refiere al sábado de Jehová nuestro Dios; pero hay muchas razones (algunas de las cuales daré) para mostrar que no hace referencia a él.
1º. Lo que fue borrado y clavado en la cruz fue la cédula de los decretos dada por la MANO de Moisés; pero el mandamiento del sábado fue escrito con el DEDO de Dios. Moisés escribió su ley en un LIBRO; pero Dios escribió sus diez leyes en TABLAS DE PIEDRA. Fue la ESCRITURA a mano en el libro del pacto la que fue borrada en la muerte de Cristo, y no lo que fue escrito en las dos tablas del pacto con el dedo de Dios. Uno era un pacto defectuoso impuesto a los judíos hasta el tiempo de la reforma, o primera venida de Jesús; el otro es el pacto perpetuo y eterno de Dios.
Para que quedáramos impresionados con la perpetuidad de la ley real, Dios la grabó en tablas de piedra. La idea de borrar lo que Moisés escribió en un libro es perfectamente natural; pero ¿qué idea podemos tener de borrar lo que Jehová ha grabado con su dedo en tablas de piedra? El apóstol nos ha enseñado que fue la ESCRITURA de los decretos lo que fue borrado y clavado en la cruz; por tanto, él no se refería a la ley del sábado; porque esa Dios la ha grabado en piedras con su DEDO.
2º. El sábado nunca fue “contra nosotros;” sino que fue hecho para el bien de la humanidad en todas las edades. Fue “hecho por causa del hombre;” porque este necesitaba un día de descanso del trabajo y de las preocupaciones de este mundo; también necesitaba el día sábado para emplearlo en la adoración de Dios.
El santo sábado nunca estorbó al hombre, sino únicamente en el sentido de que Dios lo puso en su camino para que lo guardase; por lo tanto, él no lo ha “quitado de en medio.”
La ley de Moisés era imperfecta. No podía “hacer perfectos a los que se acercan;” por tanto, el primer pacto, que era defectuoso, “que había contra nosotros, que nos era contrario,” y que estorbaba, fue quitado de en medio y clavado en la cruz; y dio lugar al nuevo y mejor pacto, del cual Jesucristo es Sacerdote.
El pacto eterno de mandamientos de Dios es una ley perfecta, por la cual hemos de ser juzgados; por tanto, Dios no puede dar otra mejor para ocupar su lugar. Véase Santiago 1:25; 2:8-12.
“De manera que la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno.” Romanos 7:12.
Una ley que es “santa,” “justa,” “buena” y “espiritual,” nunca está contra el hombre, ni le es contraria, ni le estorba; más bien, es justamente lo que sus necesidades requieren; por tanto, el apóstol no hace referencia al sábado, ni a ninguno de los mandamientos de la santa y real ley de libertad de Dios.
3º. Pablo no habla del “día de reposo” que está asociado con las otras nueve leyes morales; sino de los días de reposo, que están asociados con “comida,” “bebida” y “lunas nuevas” en las leyes ceremoniales de Moisés. Algunos objetan esto porque la palabra días conectada con sábado es suplida por el traductor. Aquí daré unas líneas de la pluma de J. B. Cook, en su excelente “Testimony” publicado en 1846, que dicen así:
“Colosenses 2:16 no habla del sábado; sino de sábados, llamados en nuestra versión incorrectamente días de reposo, siendo la palabra días suplida por el traductor.”
Algunos todavía pueden objetar la palabra sábados, pues J. B. Cook cambió su opinión sobre el sábado.
Entonces tomaremos la traducción de Macknight. Él lo traduce Sabbaths; y si esto no satisface al lector, entonces tomaremos la traducción del Nuevo Testamento de Whiting, publicada recientemente en Boston por Joshua V. Himes.
La traducción de Whiting dice “sábados;” lo cual hace el texto sencillo y claro.
4º. Todo lo que el apóstol ha mencionado, como lunas nuevas y sábados, eran sombras, las cuales cesaron cuando llegaron a su cuerpo, al introducirse el nuevo pacto.
“Todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo.” Colosenses 2:16.
Pero el sábado de Jehová nuestro Dios no es una sombra; porque ha de perpetuarse por toda la eternidad. Véase Isaías 66:22, 23.
Ninguna carne ha adorado a Dios en el sábado desde que Isaías escribió esta profecía, ni lo hará hasta que todos los justos sean reunidos en la Tierra Nueva; entonces el sábado será observado mientras permanezcan los santos inmortales, y los cielos nuevos y la tierra nueva.
Obsérvese esto. El sábado fue instituido en el Edén, antes de la caída, cuando el hombre era santo y la tierra era santa; y ocupará después de la restauración el mismo lugar propio que tenía antes de la caída. No es una ordenanza dada para restaurar al hombre caído a Dios; porque fue dada cuando el hombre podía hablar cara a cara con Dios y con los ángeles en el huerto santo.
Todas las sombras cesan cuando llegan al cuerpo que las proyecta. Sigue la sombra de un árbol hasta su tronco, y allí termina la sombra. Pero el sábado semanal nunca terminará; por tanto, no es una sombra, sino un cuerpo, igual que los otros nueve mandamientos. Los diez mandamientos son de la misma naturaleza; y si uno es sombra, todos son sombras. ¿Cómo podemos hacer del jurar en vano, del hurtar y del matar sombras? Esto no podemos hacerlo. Tampoco hay hombre alguno que pueda mostrar que el sábado es una sombra.

Sé que la antigua tradición está profundamente impresa en muchas mentes: que el sábado del séptimo día es un tipo del séptimo milenio. Pero, ¿dónde está la Escritura que lo pruebe? No se encuentra.

Pero si alguno decide aferrarse a esta tradición, recuerde que todos los tipos o sombras llegan hasta su cuerpo; y admitiendo que el séptimo milenio es el cuerpo, y el sábado del séptimo día la sombra, se ve obligado a la irresistible conclusión de que el sábado del séptimo día debía continuar de la misma manera hasta el séptimo milenio.

La idea de que el sábado es un tipo del séptimo milenio, y que cesó en la crucifixión, deja un vacío de más de mil ochocientos años entre el cuerpo y la sombra, lo cual no concuerda con el sistema de tipos de la Biblia ni con el buen sentido.

Finalmente, el hecho de que los primeros cristianos fueran perturbados por aquellos que les enseñaban que debían observar la ley de Moisés para ser salvos, muestra cuál era el tema de Pablo, y que no se refería al sábado, sino a las sombras de la ley de Moisés, que empezaron a llegar a su cuerpo cuando el nuevo pacto fue introducido por la muerte del Mesías.

2 Corintios 3:7-13 también se cita para probar la abolición del sábado; pero no prueba tal cosa. Pienso que todos los lectores de la Biblia admitirán que aquí el apóstol está contrastando la administración del pacto judío con la administración del pacto del Evangelio.

La ley de Dios “escrita y grabada en piedras” debía permanecer inalterable mientras existan el cielo y la tierra; pero la ADMINISTRACIÓN de ella mediante las ceremonias externas de la ley de Moisés fue “abolida” o “quitada” para dar lugar a la mejor administración de la misma ley por el Espíritu Santo.
La gloria del primer pacto, representada por la gloria del rostro de Moisés, había de desvanecerse y ser absorbida por la gloria incomparable de la administración del Espíritu.
La luz de la luna es gloriosa; pero cuando el sol se levanta en toda su gloria, la luz de la luna desaparece.
Tan absurdo sería decir que no hay luz porque la luz de la luna desaparece ante la luz superior del sol, como decir que no hay ley porque su administración bajo el primer pacto es quitada por la gloria superior de la administración del Espíritu.
Quienes descansan sobre sus opiniones erróneas de estos textos que he examinado, para la abolición del sábado, están sobre fundamento arenoso. A menos que se apresuren a salir de allí y pongan sus pies sobre los mandamientos de Dios, “el azote desbordante” que pronto ha de “pasar” los barrerá en ruina.

Pruebas en favor del sábado del primer día examinadas
Aquellos que enseñan que el sábado ha sido cambiado del séptimo al primer día solo tienen tres o cuatro textos que citar para sostener su posición sobre el sábado del primer día.
Mi propósito es mostrar brevemente que Apocalipsis 1:10; 1 Corintios 16:2; y Hechos 20:7 no prueban lo que se dice que prueban.
“Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor,” Apocalipsis 1:10. El primer día de la semana no es llamado en ningún lugar de la Escritura el día del Señor; pero el séptimo sí. “Mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios.” Éxodo 20:10. Dios, por Isaías, llama al sábado “MI DÍA SANTO.” Isaías 58:13. Por lo tanto, el discípulo amado estaba en santa visión en el séptimo día.
“Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado, guardándolo, para que cuando yo llegue no se recojan entonces ofrendas.” 1 Corintios 16:2.
Para que este texto probara lo que se dice que prueba, debería leerse así: En el primer día de la semana, cuando os reunáis para adorar, que cada uno lleve consigo, según Dios le haya prosperado, para ponerlo en la caja de contribuciones. Pero yo no deseo alterar el texto por seguir al Papa. Tómese el texto tal como está, y no se menciona en él nada parecido a reunirse para adorar. San Pablo predicaba en sábado, no solo en las sinagogas de los judíos, sino también junto al “río.” Véase Hechos 16:13. Predicó en Corinto durante 78 sábados consecutivos. El apóstol no habría permitido que el sábado fuese profanado por el tintineo de la caja de Mamón; por eso eligió el primer día laborable de la semana para que la iglesia de Corinto y las iglesias de Galacia “apartasen” en sus casas para los santos pobres en Jerusalén.
Hechos 20:7 es el único lugar de la Escritura en que el primer día de la semana se relaciona con el culto público. Pero el objeto de aquella reunión no era guardar el primer día como sábado, porque se reunieron de noche para partir el pan. Pablo les predicó en sábado, que terminaba a las 6 de la tarde; luego, al anochecer, que comenzaba el primer día, los discípulos se reunieron para celebrar la cena del Señor, y Pablo predicó toda la noche. Nosotros seguimos este ejemplo de los discípulos y partimos el pan en la tarde del primer día, inmediatamente después del cierre del sábado.
Jesús no pasó el primer día de la semana reuniéndose con sus discípulos. El día de su resurrección caminó hacia Emaús, y no se reunió con ellos hasta la tarde. Después de ocho días, lo que llegaría hasta la noche del lunes, Jesús se apareció a sus discípulos de igual manera. Nuestro Maestro y Modelo no ha enseñado, ni por precepto ni por ejemplo, que el primer día de la semana deba observarse como día santo o sábado, más que los otros cinco días de trabajo; tampoco lo han hecho los apóstoles. El cambio del séptimo al primer día fue efectuado por el poder del cuerno pequeño, que pensó en “cambiar los tiempos y la ley.” Daniel 7:25.
Aquí daré algunos extractos del “Sabbath tract” No. 4, publicado por la “New York Sabbath Tract Society,” que presenta la historia del cambio.
A comienzos del siglo séptimo, en tiempo del papa Gregorio I, el asunto del sábado atrajo considerable atención. Había una clase de personas que declaraba “que no era lícito hacer ninguna clase de trabajo en el sábado, o antiguo sábado; y otra, que nadie debía bañarse en el día del Señor, o su nuevo sábado.” Contra ambas doctrinas escribió el papa Gregorio una carta a los ciudadanos romanos. Baronius, en sus Concilios, dice: “Este año (603), en Roma, san Gregorio, el papa, corrigió aquel error que algunos predicaban, por superstición judía o por costumbre griega, de que era deber adorar en el sábado, así como también en los días dominicales; y llama a tales predicadores predicadores del Anticristo.”
Según Lucio, el papa Urbano II, en el siglo once, dedicó el sábado a la Virgen María, con una misa. Binius dice: “El papa Inocencio I constituyó un ayuno en el día sábado, lo que parece ser la primera constitución de ese ayuno; pero dedicar el sábado a la Virgen María fue obra de Urbano II en la última parte del siglo once.”
La observancia del primer día no fue tan temprana en Inglaterra y en Escocia como en la mayoría de las otras partes del Imperio Romano. Según Heylyn, había sociedades cristianas establecidas en Escocia ya en el año 435 d. C.; y se supone que el evangelio fue predicado en Inglaterra en el primer siglo por san Pablo. Durante muchos siglos después de que el cristianismo fue recibido en estos reinos, no prestaron respeto alguno al primer día. Binius, escritor católico, en el segundo volumen de sus obras, da cierta cuenta de la introducción del día dominical [domingo] en Escocia tan tarde como en el año 1203 d. C. “Este año,” dice, “se celebró un concilio en Escocia acerca de la introducción del día del Señor, el cual concilio se celebró en 1203, en tiempo del papa Inocencio III,” y cita como su autoridad a Roger Hoveden, Matth. Paris y la Hist. Ecles. de Lucio. Dice además: “Por este concilio se decretó que fuese tiempo santo desde la duodécima hora del sábado al mediodía hasta el lunes.”
Binius dice que en el año 1201 d. C. Eustaquio, abad de Flay, vino a Inglaterra, y allí predicó de ciudad en ciudad y de lugar en lugar. Prohibió los mercados en los días dominicales; porque decía que este mandamiento que sigue, relativo a la observancia del día dominical, había venido del cielo. La historia de esta singular epístola, titulada Un santo mandamiento del día dominical, fue presentada por el piadoso abad así: “Vino del cielo a Jerusalén, y fue hallada sobre la tumba de San Simón en el Gólgota. Y el Señor ordenó esta epístola, la cual durante tres días y tres noches los hombres contemplaron, y cayendo a tierra, oraron por la misericordia de Dios. Y después de la tercera hora, el patriarca se levantó; y Akarias el arzobispo extendió su mitra, y tomaron la santa epístola de Dios y la hallaron escrita así.”
[Daremos algunos extractos de esta epístola, en parte por curiosidad, y en parte para mostrar la credulidad de nuestros antepasados, y por qué medios fueron intimidados a lo que para ellos era una nueva observancia religiosa.]
“Yo, el Señor, que os mandé que observarais el día dominical, y no lo habéis guardado, ni os habéis arrepentido de vuestros pecados, como dije por mi evangelio, el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán; he hecho que se os predique arrepentimiento para vida, y no habéis creído; envié paganos contra vosotros, los cuales derramaron vuestra sangre, y aun así no creéis; y porque no guardasteis el día dominical, por algunos días tuvisteis hambre; pero pronto os di abundancia, y después hicisteis peor. Ordeno nuevamente que desde la hora novena del sábado hasta la salida del sol del lunes, nadie haga obra alguna sino lo que sea bueno, y si alguno lo hace, enmiéndese por arrepentimiento; y si no obedecéis este mandamiento, amén, os digo, y os juro por mi asiento, por mi trono y por los querubines que guardan mi santo asiento, que no cambiaré nada por otra epístola; sino que abriré los cielos, y en vez de lluvia haré llover sobre vosotros piedras, troncos de madera y agua caliente de noche, y nadie podrá impedirlo, para que yo destruya a todos los hombres malvados. Esto os digo: moriréis, por causa del día santo dominical y de otras fiestas de mis santos que no habéis guardado. Enviaré sobre vosotros bestias con cabezas de león, cabello de mujer y colas de camello; y estarán tan consumidas por el hambre que devorarán vuestra carne, y desearéis huir a los sepulcros de los muertos y esconderos por temor de las bestias; y quitaré de vuestros ojos la luz del sol; y enviaré sobre vosotros oscuridad, para que sin ver os matéis unos a otros; y apartaré de vosotros mi rostro, y no os mostraré misericordia; porque quemaré vuestros cuerpos y vuestros corazones, de todos los que no guardan el santo día dominical. Oíd mi voz, no sea que perezcáis en la tierra por causa del día santo dominical. Sabed ahora que estáis a salvo por las oraciones de mi santísima madre María, y de mis santos ángeles que diariamente oran por vosotros.”
Provisto de este nuevo mandamiento venido del cielo, “Eustaquio predicó en varias partes de Inglaterra contra la transgresión del día dominical y de otras fiestas; y dio al pueblo absolución con la condición de que en adelante reverenciaran el día dominical y las fiestas de los santos.” El tiempo señalado como santo era desde la hora novena del sábado hasta el lunes por la mañana al amanecer. Y el pueblo prometió a Dios que en adelante no compraría ni vendería nada, salvo alimento, en domingo.
“Entonces,” dice Binius, “el enemigo del hombre, envidiando las amonestaciones de este santo varón, puso en el corazón del rey y de la nobleza de Inglaterra que mandaran que todos los que guardasen las tradiciones ya mencionadas, y especialmente todos los que habían derribado los mercados de cosas vendibles en el día dominical, fuesen llevados ante la corte del rey para dar satisfacción acerca de la observancia del día dominical.” Binius relata muchas cosas milagrosas que ocurrieron en el sábado a los que trabajaban después de la hora novena, es decir, después de las tres de la tarde del séptimo día, o sábado. Dice que, en cierto sábado, después de la hora novena, un carpintero, por hacer una clavija de madera, fue herido de parálisis; y una mujer, por tejer en sábado después de la hora novena, también fue herida de parálisis. Un hombre coció pan, y cuando lo partió para comer, salió sangre. Otro, moliendo grano, vio salir un gran chorro de sangre en vez de harina, mientras la rueda de su molino permanecía quieta a pesar del fuerte impulso del agua. Los hornos calentados se negaban a cocer pan si se encendían después de la hora novena del sábado; y la masa dejada sin cocer, por respeto a la nueva doctrina de Eustaquio, fue hallada el lunes por la mañana bien cocida sin ayuda del fuego. Estas fábulas fueron propagadas industriosamente por todo el reino; “sin embargo el pueblo,” dice Binius, “temiendo más el poder regio y humano que el divino, volvió como perro a su vómito, a mantener mercados de cosas vendibles en el día dominical.”
El señor Bampfield dice: “El rey y los príncipes de Inglaterra, en 1203, no estuvieron de acuerdo en cambiar el sábado y guardar el primer día por esta autoridad. Esto fue en tiempo del rey Juan, contra quien el clero papista tenía gran resentimiento por no honrar su prelatura y a los monjes, por uno de los cuales finalmente fue envenenado.”
El parlamento de Inglaterra se reunía los domingos hasta el tiempo de Ricardo II, quien lo aplazó de ese día al siguiente.
En 1203 d. C., “se celebró un concilio en Escocia para inaugurar al rey, y [acerca] de la fiesta del sábado; y vino también un legado del papa, con una espada y un sombrero púrpura, indulgencias y privilegios para el joven rey. También allí se decretó que el sábado, desde la duodécima hora del mediodía, debía ser santo.” Los Magdeburgenses dicen que este concilio trató acerca de la observancia del día dominical recién introducido, y que ordenaron que fuese santo desde la duodécima hora del sábado hasta el lunes.
La primera ley de Inglaterra hecha para guardar el domingo fue en el tiempo de Eduardo VI, hacia 1470. “Entonces el parlamento aprobó un acta por la cual el domingo y muchos días santos, las fiestas de Todos los Santos y de los Santos Inocentes, fueron establecidos por ley como festividades. También se dispuso que fuese lícito para labradores, trabajadores, pescadores y todos los demás en tiempo de cosecha, o en cualquier otra época del año cuando la necesidad lo requiriese, trabajar, montar, pescar o hacer cualquier otra clase de obra, a su libre voluntad y gusto, en cualquiera de dichos días.”
Por medios como estos, la observancia del primer día fue gradualmente, aunque de manera forzada, impuesta al pueblo dondequiera que reconocían la autoridad del papa como cabeza de la iglesia; y en Inglaterra y Escocia, tan tarde como el siglo trece, el sábado fue siendo llevado gradualmente al desprecio y al desuso.


El sábado
Como el sábado fue hecho para el hombre, para toda la raza humana, y como el hombre ha necesitado todas sus bendiciones desde que fue instituido por primera vez en el Edén, es razonable concluir que Dios quiso que se observase con la misma estricta fidelidad en una dispensación como en otra. No puedo ver razón alguna por la cual el judío deba guardarlo más estrictamente que el cristiano.
Mi propósito es mostrar que existe una perfecta armonía en todo el testimonio bíblico de ambos Testamentos en relación con la observancia del santo sábado. El cuarto mandamiento del decálogo es la gran ley del sábado. Es la norma a la cual debe llevarse y compararse cuidadosamente todo otro testimonio de la Escritura referente al sábado.
“Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas.” Éxodo 20:8-10.
El gran Dios señaló seis días para que el hombre trabajase y realizase TODA SU obra necesaria para el sustento; pero el séptimo día lo destinó para que el hombre descansase del afán y del trabajo de este mundo, y se ocupase en el servicio de su Creador. Actos de misericordia y necesidad, como aliviar al afligido, sea hombre o bestia; sanar al enfermo y comer cuando se tiene hambre en sábado, no están prohibidos en ninguna parte de la Biblia por Dios, y no constituyen violación de la ley del sábado en el decálogo.
Sé que algunos dicen que no podemos guardar el sábado tal como se da en el Antiguo Testamento; pero esto es como la mayoría de las afirmaciones falsas hechas por quienes se oponen al verdadero sábado. No estoy dispuesto a admitir que Dios nos haya dado una ley que no podamos guardar. No me atrevo a acusarle de tal injusticia. Los mandamientos de nuestro santo y justo Dios no son gravosos, sino gozosos para quienes los guardan. Los que siguieron a Jesús desde Galilea vieron su cuerpo puesto en el sepulcro nuevo de José, y luego volvieron “y descansaron el día de reposo, conforme al mandamiento.” Véase Lucas 23:54-56. Ellos pudieron guardar el sábado conforme a la ley de Dios después de que la ley ceremonial fue abolida, y nosotros también.
Jesús despojó al sábado de las tradiciones con que el judío ciego lo había cubierto, y lo dejó desnudo, descansando sobre su propia base eterna, el cuarto mandamiento. El Señor del día de reposo guardó los mandamientos de su Padre; por tanto, él y sus discípulos guardaron el sábado conforme al cuarto mandamiento. Obsérvese esto. Jesús y sus discípulos incluso guardaron la ley de Moisés hasta la crucifixión; por lo tanto, todos deben ver la insensatez de quienes enseñan que ellos se apartaron de la letra de la ley del sábado.
“En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen.” Mateo 23:2, 3.
Jesús enseñó a sus discípulos a observar y hacer aun la ley de Moisés. Su última reunión con ellos, antes de clavarla en su cruz, fue para celebrar la pascua. ¡Cuán absurda, pues, es la idea que algunos enseñan, de que Jesús y sus discípulos se apartaron de la letra de la ley del sábado, escrita en piedras con el dedo de Jehová!
Los malvados fariseos acusaron a los discípulos de apartarse de la letra de la ley del sábado cuando arrancaron espigas y comieron para satisfacer el hambre presente; pero Jesús les probó con hechos que era una acusación falsa. Les recordó lo que David hizo cuando tuvo hambre, y también a los sacerdotes en el templo que eran sin culpa. La ley de Moisés exigía que los sacerdotes ofrecieran sacrificios en sábado.
“Mas el día de reposo, dos corderos de un año sin defecto, y dos décimas de efa de flor de harina amasada con aceite, como ofrenda, con su libación. Es el holocausto de cada día de reposo, además del holocausto continuo y su libación.” Números 28:9, 10.
Los sacerdotes, pues, tenían que trabajar en sábado; pero eso no era violación de la ley del sábado, porque no era esa la clase de trabajo prohibida en el cuarto mandamiento. La ley dada por Moisés no obligaba a los sacerdotes a violar la ley escrita por el dedo de Dios. “Seis días trabajarás, y harás toda TU obra.” El hombre debía atender su propia obra durante los seis días; luego descansar de SU obra en el séptimo, y trabajar para Dios, quien nunca quiso que permaneciéramos inmóviles e inactivos en su sábado. Las palabras “trabajarás” y “obra” en el cuarto mandamiento deben explicarse así para absolver a los sacerdotes en el templo.
Comer en sábado cuando se tiene hambre no está prohibido en ninguna parte de la Biblia. Jesús y sus discípulos iban camino a la sinagoga, cuando los discípulos arrancaron y comieron las espigas; y era tan lícito comer eso, teniendo hambre en sábado, como cualquier otro alimento. Según la ley de Moisés, tenían derecho a arrancar las espigas con la mano y comer.
“Cuando entres en la mies de tu prójimo, podrás arrancar espigas con tu mano; mas no aplicarás hoz a la mies de tu prójimo.” Deuteronomio 23:25.
Jesús nunca admitió que él o sus discípulos se apartaran de la letra de la ley del sábado. No, nunca; sino que siempre demostró a sus acusadores que lo que ellos hacían en sábado era lícito, o estaba en estricta conformidad con la ley del sábado. Sobre esta base, y no otra, eran ellos INOCENTES. *“Pues si supieseis qué significa: Misericordia quiero, y no sacrificio, no condenaríais a los inocentes.” Mateo 12:7.
Si ellos hubieran sabido que los actos de misericordia y necesidad, como comer cuando se tiene hambre y sanar a los enfermos en sábado, eran lícitos, nunca habrían acusado falsamente a los santos seguidores de Jesús de violar el sábado.
Ahora bien, ¿quién está dispuesto a ponerse del lado del malvado fariseo y acusar a los discípulos, y a su santo Maestro, quien dijo haber guardado los mandamientos de su Padre, de apartarse de la letra del cuarto mandamiento? ¡El solo pensamiento de tal cosa parece espantoso! Antes se seque mi mano derecha y mi lengua se pegue a mi paladar, que escribir y hablar tal sentimiento a la preciosa grey expectante.
“Y le preguntaron, diciendo: ¿Es lícito sanar en los días de reposo? para poder acusarle. Él les dijo: ¿Qué hombre habrá de vosotros, que tenga una oveja, y si ésta cayere en un hoyo en día de reposo, no le eche mano, y la levante? Pues ¿cuánto más vale un hombre que una oveja? Por consiguiente, es lícito hacer el bien en los días de reposo.” Mateo 12:10-12.
La palabra lícito significa conforme a la ley. En este texto significa conforme a la ley del sábado. Obsérvese esto: Jesús no les dio una nueva ley del sábado, ni insinuó que la ley del sábado debiera ser RELAJADA o cambiada; sino que puso de manifiesto su hipocresía al acusarle de quebrantar el sábado por sanar a los enfermos, mientras al mismo tiempo ellos aliviarían a una bestia muda en sábado. “Pues ¿cuánto más vale un hombre que una oveja?” También les enseñó que tales actos de misericordia como sacar una oveja de un hoyo y sanar a los enfermos en sábado era hacer bien y conforme a la ley del sábado. “Por consiguiente, es lícito hacer el bien en los días de reposo.”
“Entonces Jesús habló a los intérpretes de la ley y a los fariseos, diciendo: ¿Es lícito sanar en el día de reposo? Mas ellos callaron. Y él, tomándole, le sanó, y le despidió. Y dirigiéndose a ellos, dijo: ¿Quién de vosotros, si su asno o su buey cae en algún pozo, no lo sacará inmediatamente, aunque sea en día de reposo? Y no le podían replicar a estas cosas.” Lucas 14:3-6.
Aquí otra vez Jesús remitió a los intérpretes de la ley y a los fariseos a la ley del sábado, y con ella cerró sus bocas, de modo que no pudieron responderle. Si él hubiese insinuado que la ley del sábado debía relajarse, y que tenía derecho a apartarse de su letra, habrían clamado contra él; pero, en lugar de eso, apeló a la letra de la ley y a la manera en que ellos la observaban, y les probó que lo que había hecho era LÍCITO.
Cuando Jesús sanó a la hija de Abraham, el principal de la sinagoga se llenó de indignación y dijo al pueblo: “Seis días hay en que se debe trabajar; en éstos, pues, venid y sed sanados, y no en el día de reposo.” El Señor entonces le respondió, y dijo: “Hipócrita, cada uno de vosotros, ¿no desata en el día de reposo su buey o su asno del pesebre y lo lleva a beber?” Lucas 13:11-17.
Esta respuesta del Salvador silenció al principal de la sinagoga y avergonzó a todos sus adversarios; “y todo el pueblo se regocijaba por todas las cosas gloriosas hechas por él.” Todos quedaron convencidos de que era LÍCITO y correcto que Jesús sanara en sábado; de otro modo no se habrían REGOCIJADO.
A veces se nos remite al caso del hombre impotente que fue sanado y tomó su lecho y anduvo en sábado por mandato de Jesús. Se dice que llevó una carga; por lo tanto, él y su Maestro, que le dijo: “Levántate, toma tu lecho, y anda,” quebrantaron el sábado. Es cierto que Dios, por medio de Jeremías, prohibió a los judíos llevar cargas dentro o fuera de las puertas de Jerusalén en sábado. También les prometió que si diligentemente le obedecían, y no introducían carga por las puertas de la ciudad en el día de reposo, sino que santificaban el día de reposo para no hacer en él ninguna obra, su ciudad permanecería PARA SIEMPRE. Jeremías 17:19-25. Jeremías no nos ha mostrado con tanta precisión qué clase de cargas se prohíben como Nehemías.
“En aquellos días vi en Judá a algunos que pisaban en lagares en el día de reposo, y que acarreaban haces, y cargaban asnos con vino, y también de uvas, higos y toda suerte de carga, y la traían a Jerusalén en día de reposo; y los amonesté acerca del día en que vendían el mantenimiento.” Nehemías 13:15.
Aquí Nehemías nos ha mostrado que son las cargas de mercancías, traídas a Jerusalén en sábado, las que Dios ha prohibido llevar en sábado. Compare ahora el lector el llevar cargas de mercancías al mercado para vender con ganancia mundanal, con el hombre impotente sanado, cargando su lecho mientras alababa a Dios, y se verá la diferencia. Lo uno era laborioso y para ganancia mundanal; lo otro era para la gloria de Dios. Lo uno era violación del cuarto mandamiento; lo otro era un acto de misericordia que manifestaba el poderoso poder de Dios. Era hacer bien en sábado; por tanto, era lícito. Temo cansar con este extenso artículo a quienes entienden la cuestión del sábado. Mi propósito, al ser tan particular, es desplegar toda la verdad ante aquellos que no han investigado cuidadosamente este glorioso y armonioso asunto.
Mencionaré dos objeciones más contra el verdadero sábado, y dejaré por ahora este tema. Una objeción es que Dios prohibió a los judíos encender fuego en sábado; y que si lo guardamos tan estrictamente como ellos, no podemos encender fuego en sábado. Si consideramos esta objeción en su verdadera luz, toda la dificultad desaparecerá. Esta indicación acerca de encender fuego en sábado fue dada a Israel en el desierto, cuando Dios los alimentaba con maná del cielo. Eran un pueblo fuerte y sano en un clima benigno. Sus vestidos eran preservados milagrosamente, y su alimento les era dado del cielo. Dios les dijo que cocieran su maná en el sexto día; por lo tanto, no tenían necesidad de fuego en sábado. Si hubiesen encendido fuego para cocer su maná, o para lavar sus vestidos en sábado, habría sido una clara violación del cuarto mandamiento, pues era la obra que Dios destinó para los seis días. Nuestra situación es distinta. Nuestra constitución y nuestro clima hacen que necesitemos el calor del fuego durante una parte del año para mantenernos adecuadamente calientes. Encendemos fuego en sábado durante una parte del año como acto de misericordia y necesidad, lo mismo que daríamos de beber a un buey o a un caballo, o sacaríamos una oveja de un hoyo; por lo tanto, es lícito y correcto. Pero es tan incorrecto encender fuego ahora, en la parte templada del año, para cocer nuestra comida en sábado, pudiendo cocinarla el sexto día, como lo era para los judíos. El sexto día es el día de preparación, y si descuidamos alguna de las obras de ese día y la hacemos en el séptimo, profanamos el santo sábado. La ley del sábado prohíbe que hagamos en el séptimo día aquello que puede hacerse en el sexto; pero los actos de misericordia y necesidad, que no pueden hacerse en el sexto día, son lícitos en sábado. Una observancia razonable y bíblica de la ley del sábado no nos congelará ni nos hará morir de hambre; porque la ley es “SANTA,” “JUSTA” y “BUENA.”
La otra objeción al verdadero sábado que mencionaré aquí es el caso del hombre que fue apedreado por recoger leña en sábado. No se nos dice qué clase de leña recogió, ni para qué uso la pretendía; pero la mejor inferencia es que la recogió para combustible, a fin de encender fuego para cocer y hervir su maná. Dios les dijo por medio de Moisés: “Mañana es el santo día de reposo, el reposo consagrado a Jehová; lo que habéis de cocer, cocedlo hoy, y lo que habéis de cocinar, cocinadlo.”
Como ellos debían hacer toda su cocina en el sexto día, ese hombre, al recoger combustible en sábado, ciertamente estaba haciendo en el séptimo la obra del sexto día, y violaba el cuarto mandamiento.
“Estése, pues, cada uno en su lugar, y nadie salga de él en el séptimo día.” Éxodo 16:29.
Fue una violación de las órdenes expresas de Jehová que ellos salieran al campo a recoger maná o combustible en sábado. Era hacer en el séptimo día la obra del sexto, y fue una osada transgresión de la ley del sábado, escrita con el dedo de Dios. Tan malo era para ellos recoger leña para combustible en sábado como lo sería para nosotros cortar y acarrear leña en el santo día de Dios. Si hiciéramos eso, todo el mundo se uniría en decir que habríamos quebrantado el cuarto mandamiento. Algunos casi nos apedrearían ahora por hacer tales cosas en el primer día de la semana, el sábado del Papa.
Los hijos de Israel, mientras estaban en el desierto, no debían salir de sus lugares en sábado para recoger maná ni hacer ninguna otra obra que debía haberse hecho en el sexto día; pero después de esto sí salían de sus lugares en sábado, no para hacer trabajo servil, sino para adorar a Dios. Los judíos tenían lo que llamaban camino de un día de reposo, y ciertamente tenían que salir de sus lugares o moradas para andar cerca de una milla.
La paga o castigo por transgredir la ley de Dios era, y todavía es, la Muerte Eterna. “Porque la paga del pecado es muerte.” Romanos 6:23. Y “el pecado es infracción de la ley.” 1 Juan 3:4.
Durante la administración de la ley de Dios por Moisés, el transgresor voluntario era inmediatamente apedreado hasta morir; pero bajo la administración de la ley de Dios por Jesucristo, se manifiestan paciencia y tierna misericordia. En esta mejor dispensación, Dios, por causa de Jesús, preserva la vida del transgresor para que pueda volverse, guardar la ley de Dios, hallar perdón por medio de Jesucristo y vivir. Durante el tiempo del primer pacto, que era defectuoso, la severa justicia abatía al transgresor; pero desde que Jesús ha sido nuestro único sacrificio y Sacerdote, la MISERICORDIA, excelencia y gloria del mejor pacto, se ha interpuesto y ha dado al transgresor de la santa ley de Dios la oportunidad de arrepentirse de su pecado y hallar pleno y gratuito perdón de todos sus pecados por medio de la preciosa sangre de Jesús.
El Evangelio nunca exigió que un hombre fuese apedreado por hurtar o por jurar en vano. No, nunca; sin embargo, esto no prueba que no haya ley contra el hurto y el juramento profano. “Porque donde no hay ley, tampoco hay transgresión.” Romanos 4:15. Si no hay ley para guardar el sábado, ni para hurtar ni para jurar, porque el Evangelio no exige que el transgresor sea apedreado, entonces los hombres pueden hurtar, jurar y profanar el santo sábado, y ser puros delante de Dios; porque “DONDE NO HAY LEY, TAMPOCO HAY TRANSGRESIÓN.” La pena plena y final de la ley de Dios no ha sido abolida—no, no. Esta, y también la ley, el transgresor las afrontará en el juicio. Los que fueron apedreados hasta morir bajo el primer pacto también afrontarán allí la pena final. Amado lector, no seas engañado por quienes se oponen al verdadero sábado. Sus pobres objeciones desaparecerán todas cuando se las exponga a la luz de la verdad bíblica. No te apartes de esta armoniosa verdad presente por causa de sus fábulas.