Por Jaime White
PUBLICADO SEMIMENSUAL
VOL. I.-MIDDLETOWN, CONN., AGOSTO DE 1849.-NÚM. 3.
“La comunión íntima de Jehová es con los que le temen, y a ellos hará conocer su pacto.”--Salmo 25:14.

“Orad, pues, que vuestra huida no sea en invierno ni en día de reposo”. Mateo 24:20.
Jesús reconoce así el sábado más de treinta años después de que los sábados judíos fueron abolidos. Los que enseñan la herejía de que no hay sábado se han esforzado mucho por desvirtuar el importante hecho de que Jesús establece la perpetuidad del sábado, después de la crucifixión, hasta la destrucción de Jerusalén; pero este hecho evidente está tan firmemente asegurado, “como clavo en lugar firme”, por el Señor del sábado, que, a pesar de todos sus esfuerzos, no podrán explicarlo de manera que desaparezca. El texto no dice el día de reposo de los judíos, ni su día de reposo; sino que EL DÍA DE REPOSO, por vía de distinción, se destaca con notable relieve en la página sagrada. Las Escrituras de ambos Testamentos conceden esta marca de preeminencia al sábado de Jehová nuestro Dios. Los que se oponen al verdadero sábado nos dicen que “los judíos eran tan tenaces en cuanto a la estricta observancia de su sábado, que habrían impedido que los discípulos huyeran en ese día si lo hubieran intentado; por lo tanto, para su propia salvación, Cristo les enseñó a orar para que su huida no ocurriera en ese día”. Ningún sofisma de esta clase toca el punto principal. Jesús sí reconoció el sábado de Jehová nuestro Dios muchos años después de la crucifixión. La incredulidad no puede ocultar este importante hecho a quienes buscan sinceramente la verdad del sábado.
“Y vueltas, prepararon especias aromáticas y ungüentos; y descansaron el día de reposo, conforme al mandamiento”. Lucas 23:56.
Cuando Jesús fue clavado en la cruz, el acta de los decretos fue abolida. Recuerden todos que san Pablo estableció para siempre este punto en Colosenses 2:14.
A la hora tercera del día, es decir, a las 9:00 a. m., Jesús fue clavado en la cruz; y en aquella misma hora murió todo aquello que había de ser abolido en la crucifixión. Desde la hora sexta hasta la hora novena, es decir, hasta las 3:00 p. m., hubo tinieblas sobre toda la tierra. A esa hora Jesús entregó el espíritu, lo que dio a las santas mujeres tres horas para ver su cuerpo colocado en el sepulcro, regresar, preparar las especias aromáticas y los ungüentos, y estar listas para comenzar el sábado a las 6:00 p. m.
El hecho de que ellas descansaran el día de reposo, conforme al cuarto mandamiento, después de la crucifixión, demuestra que en la crucifixión no se produjo ningún cambio con respecto a él. La opinión moderna de que Jesús relajó el sábado y enseñó a sus discípulos, por precepto y ejemplo, que debía ser relajado, acusa a los seguidores de Jesús de ignorancia e insensatez por haber sido tan estrictos respecto del mandamiento. Pero nosotros escogemos seguir a Jesús y el ejemplo de sus santos seguidores, y guardar el sábado conforme al mandamiento, antes que seguir a hombres que han apostatado de la verdad presente y están trabajando para derribar lo que una vez se esforzaron por edificar. Consideramos mucho más seguro seguir la Palabra cierta y el ejemplo de quienes aprendieron personalmente de Jesús que seguir a los hombres no inspirados de este tiempo, quienes continuamente pasan de una posición a otra.
El gran apóstol de los GENTILES predicaba en sábado y no tenía ningún otro día regular de predicación. Solo una vez tenemos constancia de que se reunió con los discípulos el primer día de la semana (Hechos 20:7), y fue para partir el pan por la noche. No fue en la noche que siguió al primer día cuando se reunieron para partir el pan, pues Pablo “alargó el discurso hasta la medianoche”; luego sanó a Eutico y después subió y partió el pan, lo cual todos admitirán que habría ocurrido en el segundo día de la semana.
Se reunieron en la noche que siguió al séptimo día, y Pablo continuó su discurso hasta el amanecer; después pasó las horas diurnas del primer día de la semana —que ahora es el sábado del papa— caminando hasta Asón y navegando con sus hermanos a Mitilene. Por lo tanto, no existe ni la más leve sombra de evidencia de que Pablo o cualquiera de los apóstoles tuviera otro día regular de predicación que el sábado de Jehová nuestro Dios.
“Y Pablo, como acostumbraba, fue a ellos, y por tres días de reposo discutió con ellos, declarando y exponiendo por medio de las Escrituras”. Hechos 17:2, 3. Predicó cada sábado durante un año y seis meses en Corinto, a los judíos y a los GRIEGOS. Véase Hechos 18:4-11.
“Cuando salieron ellos de la sinagoga de los judíos, los GENTILES les rogaron que el siguiente día de reposo les hablasen de estas cosas. [...] El siguiente día de reposo se juntó casi toda la ciudad para oír la palabra de Dios”. Hechos 13:42-44.
Los que sostienen que Pablo no guardaba el sábado dicen que predicaba ese día porque los judíos se reunían en sus sinagogas en sábado; pero encontramos al apóstol predicando el séptimo día también en otros lugares, además de las sinagogas.
“Y un día de reposo salimos fuera de la puerta, junto al RÍO, donde solía hacerse la oración; y sentándonos, hablamos a las mujeres que se habían reunido”. Hechos 16:13.
San Pablo predicó a los judíos y a los griegos, a petición de los gentiles y junto al RÍO. Predicó cada sábado en Corinto durante un año y seis meses, pues esa era su COSTUMBRE; por lo tanto, es falsa la afirmación de que predicaba el séptimo día solamente porque los judíos se reunían ese día en sus sinagogas.
Los defensores de que no hay sábado convierten a Pablo en uno de los hombres más inconsecuentes que jamás haya emprendido la predicación del evangelio; porque dicen que enseñó a los gálatas, romanos y colosenses que el sábado había sido abolido, ¡mientras al mismo tiempo predicaba a judíos y gentiles cada sábado, no solo en las sinagogas, sino también en otros lugares!
Los judíos nunca acusaron a Pablo de apartarse de la letra de la ley del sábado. Esta es una poderosa evidencia de que la guardaba estrictamente. Todos sabemos que, si el apóstol hubiera enseñado que había sido abolida, los judíos lo habrían acusado de quebrantar el sábado, pues buscaban acusaciones contra él. Así vemos que el santo sábado se enseña tanto en el Nuevo Testamento como en el Antiguo.
Dondequiera que los mandamientos de Dios son enseñados y confirmados en el Nuevo Testamento, el sábado también es enseñado y confirmado, por la sencilla razón de que la ley del sábado es uno de los diez mandamientos. Dios ha dado solamente diez mandamientos. Son su pacto eterno, escrito con su dedo en tablas de piedra. Los mandamientos de Dios, tanto en el Nuevo Testamento como en el Antiguo, no significan ni más ni menos que las diez leyes inmutables de Jehová.
Jesús dio un solo mandamiento a la iglesia. “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros” (Juan 13:34). “Este es MI mandamiento: Que os améis unos a otros, COMO YO OS HE AMADO” (Juan 15:12). Este nuevo mandamiento es la ley de Cristo. “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la LEY DE CRISTO” (Gálatas 6:2).
Algunos enseñan que nueve de los mandamientos están “incorporados en la ley de Cristo” y son confirmados, pero que la ley del sábado queda excluida. ¿Dónde está el testimonio de las Escrituras que demuestra tal cosa? No se encuentra en la Biblia. Esta es una de las fábulas agradables de los últimos días, apropiada para oídos que tienen comezón de oír. Los mandamientos de Dios son una cosa, y la única ley de Cristo es otra cosa totalmente distinta. Jesús guardó y enseñó los mandamientos de su Padre, y también lo hicieron sus apóstoles; pero nunca los llamaron la ley de Cristo ni parte alguna del nuevo mandamiento dado por Jesús.
No había necesidad de reafirmar la ley del sábado, porque en los días de los apóstoles no era quebrantada como lo eran los otros nueve mandamientos. La única razón natural por la cual los apóstoles no reprendieron el pecado de quebrantar el sábado es que ese pecado no existía en la iglesia primitiva. El sábado era su día regular de predicación; y Pablo, Juan y Santiago enseñaron que guardar los mandamientos de Dios era una prueba de comunión cristiana y de salvación eterna.
Cuando Cristo y sus apóstoles hablan de los mandamientos, ciertamente se refieren a los diez. Esto es bastante claro para cualquier niño que desee creer la verdad de Dios; pero la incredulidad siempre puede hallar un pretexto cuando lo desea. Dios no se ha revelado al ser humano de tal manera que este no pueda dudar; si lo hubiera hecho, jamás habría existido un incrédulo en el mundo. Si la segunda venida de Jesús se hubiese revelado de modo que nadie pudiera dudar, este sería un mundo de adventistas; pero esta gloriosa verdad está revelada con tanta claridad que todos quedarán sin excusa en el juicio, y, sin embargo, pocos creen. Lo mismo sucede con la verdad del sábado, que brilla tan claramente como el sol del mediodía, y, sin embargo, pocos la creen. Todos los que leen la Biblia saben que los diez mandamientos de Dios son enseñados y confirmados como un conjunto en el Nuevo Testamento; y esto basta para condenarlos ante el tribunal de Dios si violan el cuarto. El hecho de que el cuarto mandamiento no sea confirmado por separado en el Nuevo Testamento no dejará sin culpa a quienes deseen violarlo por algún interés mundano, por orgullo o por temor al hombre. No se puede jugar con Dios. Su palabra no volverá a él vacía.
Jehová dijo acerca de Jesús: “Este es mi Hijo amado; a él oíd”. Marcos 9:7. Si todos escucharan a Jesús y enseñaran como él enseñó, no harían con la ley de Dios lo que hacen ahora. Escuchemos aquí y aprendamos del manso y humilde Jesús.
“No penséis que he venido para abrogar la ley”. ¿Qué ley? Respuesta: “De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños”, etc. Véase Mateo 5:17-19. A continuación, Jesús cita del Decálogo los mandamientos sexto, séptimo y tercero en los versículos 21, 27 y 33 de este mismo capítulo, lo cual establece para siempre que la ley que no sería destruida en su primera venida era la ley de los Diez Mandamientos. Abolir una ley es destruirla. Sabemos que Jesús sí quitó o abolió el acta de los decretos de la ley de Moisés; pero tenemos esta declaración clara y positiva de que en su primera venida no vino para destruir la ley de los mandamientos. Esto vale para mí más que todas las afirmaciones contrarias de los hombres. Estoy obligado a “oír” y creer a Jesús.
“Porque de cierto os digo que HASTA QUE PASEN EL CIELO Y LA TIERRA, NI UNA JOTA NI UNA TILDE PASARÁ de la ley, HASTA QUE TODO SE HAYA CUMPLIDO”.
Si el sábado fue relajado y eliminado de la ley en la primera venida, entonces, ciertamente, ¡el cielo y la tierra pasaron en aquel momento! Sin duda, semejante opinión les convendría a los espiritistas, pero no a quienes todavía esperan que Cristo venga y haga nuevas todas las cosas. Jesús ha resuelto aquí para siempre, a satisfacción de toda mente sincera que investigue cuidadosamente este asunto, que los Diez Mandamientos deben permanecer plenamente vigentes, sin que ninguno sea cambiado ni relajado, hasta que el cielo y la tierra pasen al final del tiempo.
Quienes rechazan conscientemente el sábado, teniendo delante de sí tal testimonio de Jesús, a quien se les manda “oír”, no estarían dispuestos a amar y observar el día santificado de Dios aunque el Todopoderoso hablara desde el cielo, les dijera que lo guardaran e hiciera temblar la antigua tierra como hizo con el monte Sinaí.
“Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto [la palabra «punto» ha sido suplida], se hace culpable de todos. Porque el que dijo: No cometerás adulterio, también ha dicho: No matarás”. Santiago 2:10, 11. Santiago cita aquí dos leyes del Decálogo, lo cual demuestra que estaba hablando de la ley de los mandamientos.
Los Diez Mandamientos son principios de bondad, justicia y santidad. Su esencia es el amor. Los primeros cuatro nos enseñan el amor a Dios, y los últimos seis, el amor al prójimo; “así que el cumplimiento de la ley es el amor” (Romanos 13:10). “Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos” (1 Juan 5:3). “Si en verdad cumplís la ley real, conforme a la Escritura [el Decálogo, Éxodo 20:3-17]: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Santiago 2:8).
El apóstol Santiago ha confirmado el sábado y ha protegido a los hermanos que esperan, dispersos por el extranjero, contra la opinión de que tenemos libertad para quitar el sábado de la ley real, al mostrarnos que, si quebrantamos un mandamiento, somos culpables de todos. El lenguaje es positivo y claro, y todos pueden ver la verdad si desean hacerlo.
“Hermanos, no os escribo mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo que habéis tenido desde el PRINCIPIO; este mandamiento ANTIGUO es la PALABRA QUE HABÉIS OÍDO DESDE EL PRINCIPIO”. 1 Juan 2:7.
El único mandamiento que procede del principio es el sábado. La palabra del principio es esta: “Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación”. Génesis 2:3.
“Sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo”, etc. Véase el versículo 8. Juan distingue aquí entre el mandamiento antiguo desde el principio, que es el sábado, y el mandamiento nuevo dado por Jesús a la iglesia: amarse unos a otros.
“Mucho me regocijé porque he hallado a algunos de tus hijos andando en la verdad, conforme al mandamiento que recibimos del Padre”. 2 Juan 4. Este mandamiento del Padre, que teníamos desde el principio, necesariamente debe ser el sábado, porque ninguno de los mandamientos del Padre, excepto el sábado, fue dado al principio.
“El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es MENTIROSO, y la verdad no está en él”. 1 Juan 2:4. Puesto que los mandamientos de Dios significan los diez que él escribió con su propio dedo en tablas de piedra —ni más ni menos que los diez—; puesto que Cristo declaró de manera categórica que ni una jota ni una tilde pasaría de esta ley de los mandamientos mientras permanezcan el cielo y la tierra; y puesto que los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo enseñaron y confirmaron los mandamientos del eterno Jehová, y no escribieron un solo texto, ni una sola palabra, en todas sus epístolas, de los cuales podamos inferir razonablemente que la ley del sábado fue relajada y destruida, estamos abundantemente provistos de prueba positiva de que el sábado es enseñado y confirmado en el Nuevo Testamento.
Si en el juicio se preguntara al transgresor del sábado qué excusa tenía para quebrantarlo, no se atrevería, estando delante del gran trono blanco, a decir que lo quebrantó porque el cuarto mandamiento no fue confirmado por separado en el Nuevo Testamento. Tal excusa puede tranquilizar la conciencia ahora por unos pocos días; pero no está lejos el tiempo en que quienes enseñan a los hombres que pueden quebrantar el cuarto mandamiento y quedar sin culpa verán y sentirán la fuerza de esta tremenda verdad: cuando Cristo y sus santos apóstoles confirman los mandamientos y hacen de su estricta observancia una prueba de comunión cristiana y de salvación eterna, se refieren a los MANDAMIENTOS DE DIOS, y no a NUEVE de ellos.
LA VERDAD PRESENTE