Alonzo T. Jones
EL Señor viene. Viene con poder y gran gloria. Y “nuestro Dios es fuego consumidor”. Pero acerca de los tiempos y de las ocasiones, no tenéis necesidad, hermanos, de que yo os escriba; porque vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá así como ladrón en la noche; que cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina, y no escaparán. Y aunque es verdad que no hay necesidad de hablar de los tiempos y de las ocasiones, hay algo relacionado con su venida de lo cual es absolutamente esencial hablar y pensar todo el tiempo; y eso es el efecto de su venida; porque viene “en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo”. Y todos éstos “sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder”. 2 Tesalonicenses 1:8, 9.
Además, está escrito: “Y entonces se manifestará aquel inicuo, a quien el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida”. 2 Tesalonicenses 2:8. Así que cuando él venga en su gloria, será una gloria consumidora, que quemará a todos los impíos y a todo lo que tenga impiedad en sí.
También está escrito: “He aquí el día de Jehová viene, terrible, y de indignación y ardor de ira, para convertir la tierra en soledad, y raer de ella a sus pecadores... Y castigaré al mundo por su maldad, y a los impíos por su iniquidad”. Isaías 13:9, 11. Y “¿quién podrá soportar el tiempo de su venida? ¿o quién podrá estar en pie cuando él se manifieste?” Malaquías 3:2. Ésa es la pregunta. Puesto que él es fuego consumidor; y puesto que, cuando venga, le veremos tal como él es, tendremos que encontrarnos con él como ese fuego consumidor que él es, y no hay modo de escapar de ello.
Cuando él venga, no hará acepción de personas más de lo que la hace antes de venir. “Porque no hay acepción de personas para con Dios”. Tan ciertamente como él es lo que es; tan ciertamente como vendrá como vendrá; y tan ciertamente como le veremos tal como él es, así también todos nosotros, cada uno de nosotros, seremos tratados tal como somos. No hay cambio de carácter, ni hay lugar para cambio en nosotros en aquel día.
Sin embargo, en aquel día, como en todos los demás días, la ira de Dios no recae sobre los hombres en sí mismos, sino sobre los pecados de los hombres, y sobre los hombres sólo en la medida en que están identificados con sus pecados. “Porque la ira de Dios se revela desde el cielo”, no contra todos los hombres impíos, ni contra todos los hombres injustos, sino “contra toda impiedad e injusticia de los hombres”. Romanos 1:18. Y sólo en la medida en que el hombre se aferra a su impiedad, sólo en la medida en que detiene con injusticia la verdad, será revelada desde el cielo la ira de Dios contra él; y aun entonces, no primariamente contra él, sino contra el pecado al cual se aferra y que no quiere abandonar. Y como así ha hecho su elección, aferrándose firmemente a su elección, debe tomar las consecuencias de su elección cuando ésta haya llegado a su resultado final. Así está escrito, y lo leo otra vez: “La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen [que retienen, que oprimen] con injusticia la verdad”.
Continuando desde donde leímos hace un momento: “Y entonces se manifestará aquel inicuo, a quien el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida; inicuo cuyo advenimiento es por obra de Satanás, con gran poder y señales y prodigios mentirosos, y con todo engaño de iniquidad para los que se pierden, por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos. Por esto Dios les envía un poder engañoso, para que crean la mentira, a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia”. “No creyeron a la verdad”. La conocían; les fue presentada; sus corazones les decían, el Espíritu de Dios les decía, que era la verdad; sus propias conciencias la aprobaban plenamente; pero no quisieron creer a la verdad; “se complacieron en la injusticia”, y retuvieron y oprimieron la verdad en injusticia; y “por esto” es que la ira de Dios se revela desde el cielo y los alcanza.
Con todo, como ya se ha dicho, la ira de Dios no es primariamente contra ellos, sino contra aquello que aman; contra aquello a lo cual se aferran y de lo cual no quieren separarse. Y finalmente, en aquel gran día cuando el juicio se establezca, y estén a la derecha y a la izquierda todos los que han vivido, los de la izquierda partirán “al fuego eterno preparado”, no para ellos, sino “para el diablo y sus ángeles”. El Señor ha hecho todo lo posible para que ellos nunca lo vieran. Dio a su Hijo para salvarlos, para que nunca lo conocieran. No fue preparado para ellos. Él no desea que se pierdan; pero tienen que ir allí porque ésa es la compañía que han escogido; ése es el lugar con el cual se han relacionado, y del cual no quisieron separarse. Por lo tanto, él dice: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles”.
No preparado para ustedes. Dios en aquel día —el Señor Jesucristo en aquella hora— cuando se pronuncie esa palabra, estará tan triste como lo estuvo en la hora de la cruz. Lamentará tanto que éstos tengan que ir a aquel lugar que no fue preparado para ellos, como lo lamentó en la hora de la cruz. No es su voluntad que alguno esté allí. Están allí por causa de ese pecado al cual se han unido inseparablemente. Y siendo ésa su elección irrevocable, simplemente tienen ahora la oportunidad de recibir, en verdad y plenamente, aquello que han escogido. Siempre tuvieron su elección; hicieron su elección; se mantuvieron en su elección; y cuando reciben las consecuencias de su elección, ciertamente no hay lugar para queja. Dios hizo todo lo que podía hacer, pero ellos no lo quisieron.
Así que, aunque es un hecho que el Señor no desea que nada de esto caiga sobre ningún hombre, sin embargo, como “Dios es fuego consumidor”, así es como debe venir. Siendo fuego consumidor, y viniendo como él es, viene en llama de fuego para visitar sobre la impiedad lo que le corresponde; y cualquiera que esté unido con la impiedad tiene que ir por el mismo camino.
“Para dar retribución a los que no conocieron a Dios”. Tuvieron oportunidad de conocer a Dios. Multitudes profesaron conocer a Dios, pero con los hechos lo negaron. Tenían apariencia de piedad, la profesión, pero negaban la eficacia de ella. Ustedes conocen las palabras: “También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita. Porque de éstos son los que se meten en las casas y llevan cautivas a las mujercillas cargadas de pecados, arrastradas por diversas concupiscencias, ... réprobos en cuanto a la fe”. Y la destrucción viene sobre ellos, no porque no hayan tenido oportunidad, sino porque despreciaron todas las oportunidades que tuvieron; no porque no hayan tenido oportunidad de conocer a Dios, sino porque rechazaron toda oportunidad que Dios les dio para hallarlo y conocerlo cuando él se reveló.
Dios queda completamente vindicado; porque Jesús dijo: “Al que oye mis palabras, y no las guarda, yo no le juzgo; porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo. El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue”. Juan 12:47, 48.
Ahora descubramos quién es ese “quien”. No es Jesucristo: él dice que no lo es. No es Dios; porque el Señor Jesús dijo: “Al que oye mis palabras, y no las guarda, yo no le juzgo”. Ése no es el “quien”. Pero hay “quien” le juzga, y creo que podemos descubrirlo. Miren otra vez: “Al que oye mis palabras”. Esa palabra es la palabra de Dios. Es la palabra de vida de Dios, porque es la palabra de Dios. La palabra de vida de Dios es vida eterna, porque eterna es la vida de Dios. Entonces ahí está la palabra de vida eterna. Esa palabra es hablada. Todos los hombres la oyen. “Al que oye mis palabras, y no las guarda”; y “el que me rechaza, y no recibe mis palabras”: siendo esa palabra la palabra de vida, cuando viene a usted, o a mí, o a aquel otro hombre, la vida eterna viene a usted, a mí, o a aquel otro hombre. En las “palabras de vida eterna”, la vida eterna viene a aquel a quien viene la palabra. Y cuando él rechaza la palabra, rechaza la vida eterna. Y al escoger rechazar la vida eterna, escoge la muerte eterna. Es su propia elección rechazar la vida eterna; y al rechazarla, escoge la muerte. Entonces, cuando esa muerte que él escogió viene sobre él, ¿quién lo llevó a ella? ¿Quién lo contó digno de muerte? ¿Quién lo juzgó? ¿Quién lo sentenció a muerte? Sólo él mismo. Nadie más interviene en absoluto. Dios hizo todo lo que podía hacer: puso delante de él la vida eterna; lo rodeó de todos los incentivos posibles y de toda persuasión para recibirla; se la hizo atractiva; fue adornada, embellecida, hecha tan hermosa como la verdad de Dios misma podía hacerse, y su propio corazón la aprobó; el Espíritu de Dios le dijo: “Eso es lo correcto, ésa es la verdad”; pero él “se complació en la injusticia”. Rechazó la palabra, y al rechazar la palabra de vida eterna, rechazó la vida eterna; y en eso escogió la muerte eterna. Y cuando recibe la muerte eterna, sólo recibe lo que escogió. Él mismo es el único que se contó indigno de ella.
Cuando Pablo y Bernabé estaban en Antioquía, y los judíos contradecían y blasfemaban contra las cosas que Pablo y Bernabé decían a los gentiles, estos hombres de Dios cobraron ánimo y dijeron: “A vosotros a la verdad era necesario que se os hablase primero la palabra de Dios; mas puesto que la desecháis, y no os juzgáis dignos de la vida eterna, he aquí, nos volvemos a los gentiles”. Hechos 13:46. Noten: no se dijo: Nosotros los juzgamos indignos de la vida eterna. No; ustedes “no os juzgáis dignos de la vida eterna”. Todo hombre que halla destrucción pronuncia sobre sí mismo el juicio de esa destrucción.
Toda la Escritura está fundada sobre este pensamiento: que la ira de Dios viene, no contra la persona, sino contra aquello a lo cual la persona se ha aferrado. Entonces, como el Señor ejecuta venganza primariamente sólo contra el pecado; como su ira es sólo contra la impiedad y la injusticia; y como él ha hecho todo lo que podía para que el pueblo se separara del pecado, entonces, en aquel día ardiente cuando él venga, se revele al mundo y el mundo lo vea tal como es, todavía será sólo contra el pecado que ejecutará venganza.
¿Qué más podía hacer Dios de lo que hizo para quitar el pecado? Dio a su Hijo unigénito; Cristo se dio a sí mismo para que todo aquel que cree en él no se pierda, mas tenga vida eterna. Él se compromete con cada alma que cree, asegurándole que no perecerá. La palabra no dice, como demasiado a menudo se la lee mal: Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo unigénito para que todo aquel que crea en él quizá no se pierda, sino que tenga vida eterna. No dice tal cosa. El siguiente versículo contiene el sentido de posibilidad: “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él”. Puede serlo también. Cuando Dios dio a su Hijo, en ese don estableció la posibilidad eterna de que toda alma de este mundo pueda ser salva. Pero allí es donde está el “pueda”. Allí es donde está el “quizá”. Porque que alguno sea salvo depende de lo que escoja. El Señor no nos salvará a pesar de nosotros mismos. Él ha hecho posible, en el don de Cristo, que cada uno de nosotros sea salvo. Depende de nosotros si escogemos la salvación que él ha dado; si tomamos la cruz y adoptamos los medios que la harán segura para nosotros.
Pero cuando uno ha escogido a Cristo y cree en él, ya no queda ningún “quizá”. Entonces será así. Entonces entra el versículo donde está la certeza y dice: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda [no, “quizá no se pierda”], mas tenga vida eterna”. Creer en Jesucristo quita todo el “quizá” que jamás hubo en ello y lo convierte en un eterno “será”. Así, a toda alma que cree en Jesús, Dios le dice: Me comprometo a que tú “no te perderás”. A toda alma en este mundo, por impía que sea, el mensaje de Dios es que él ha hecho la provisión, ha establecido el asunto y lo ha fijado tan firmemente que, tan ciertamente como un alma cree en Jesucristo, esa alma “no se perderá”. Ésta es una buena oferta. Es infinitamente justa e infinitamente generosa. Es tan justa y generosa como Dios mismo.
La DESTRUCCIÓN del pecado es el único camino de salvación. Su nombre será llamado “JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. Así que, cuando acepto su oferta, tan ciertamente como creo en Jesús, no pereceré. Y en eso acepto la provisión de que soltaré el pecado. Consiento en que estoy dispuesto a ser separado del pecado y en que me separaré del pecado. Escuchen: “Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido”. Entonces, el objeto de la cruz de Cristo es la destrucción del pecado. Nunca pierdan ese pensamiento. Aférrense a él para siempre: la cruz de Jesucristo, la crucifixión de Jesucristo, su objeto, es la destrucción del pecado. Gracias al Señor, ese objetivo será cumplido. Ahora leamos todo el versículo: “Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado”. Romanos 6:6. No sólo hay destrucción del pecado, sino libertad del servicio del pecado. “Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros”. Versículo 14. Sigamos brevemente ese pensamiento a través del capítulo. Hay en él todo un mundo de victoria y gozo cristianos.
“Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado”. El que ha sido crucificado, el que ha aceptado la muerte de Jesucristo y ha sido crucificado con él, ése es el que queda libre del pecado.
“Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él”. Pero ¿dónde vive él? ¿Vive en pecado? Jamás. Entonces, tan ciertamente como vivimos con él, vivimos con él libres del pecado.
“Sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él”. No pudo retener el dominio que tenía. Lo tuvo porque él se entregó en sumisión al dominio de la muerte; pero la muerte no pudo retenerlo, porque estaba separado del pecado. Tampoco la muerte puede retener a ningún otro; aunque tenga dominio, no puede retener al hombre que está libre del pecado.
“Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro. No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias; ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia. Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros”.
Allí el apóstol dice que el pecado no se enseñoreará de vosotros. No reine, pues, el pecado en vuestra carne, en vuestros miembros. Luego, un poco más adelante: “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?” El versículo siguiente dice: “Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia”.
La cruz de Cristo no sólo da libertad del pecado, sino que hace a los hombres siervos de la justicia. El versículo siguiente nos dice que el servicio de la justicia es “para santificación”; el fin de la santidad es la vida eterna; y sin santidad “nadie verá al Señor”.
Entonces es perfectamente claro, tan claro como el abecé, que la única verdadera preparación para la venida del Señor es la separación del pecado. No importa cuánto hablemos de la venida del Señor; ni cuánto prediquemos las señales de los tiempos; ni cuánto nos preparemos de otra manera, aunque vendamos todo lo que tenemos y lo demos a los pobres: si no nos estamos separando del pecado, haciendo de nuestra consideración constante el estar absolutamente separados del pecado y ser siervos de la justicia para santidad, no estamos haciendo ninguna preparación para la venida del Señor; nuestra profesión es toda un fraude. Puede que no la estemos practicando como fraude; pero nos estamos imponiendo un fraude a nosotros mismos. Puede que nos estemos engañando por medio de ella; pero eso no cambia nada: si nuestra consideración constante no es la completa separación del pecado, nuestra profesión es un fraude.
La profesión de ser adventista, de ser adventista del séptimo día, de esperar la venida del Señor, de decir a la gente que la venida del Señor está cerca, de observar las señales de los tiempos: todo esto es correcto, absolutamente y para siempre correcto. Pero aunque yo tenga todo esto y no tenga esa única cosa, la única ambición de estar completamente separado del pecado y del servicio del pecado, mi profesión de la fe adventista es un fraude; porque si no estoy separado del pecado, no puedo encontrarme con el Señor en paz de ninguna manera. Por lo tanto, si mi única ambición no es la separación del pecado y de su servicio, no me estoy preparando en absoluto para encontrarme con el Señor.
Entonces, la pregunta para cada uno de nosotros aquí hoy, y para los adventistas del séptimo día por encima de todos los pueblos, es: ¿Se están preparando para encontrarse con el Señor, a quien, sin santidad, nadie verá? Voy a preguntarles más que eso: ¿Están listos para encontrarse con el Señor? Acerca de los tiempos y de las ocasiones, no tienen necesidad de que yo les hable. No es necesario que yo esté aquí hablando de cuán cercana está la venida del Señor. Las señales se multiplican sobre la tierra. Ustedes son adventistas. Saben todo eso; pero es apropiado que yo, ahora y siempre, esté aquí para preguntar: ¿Están separados del pecado? Y estando separados del pecado, ¿están listos para encontrarse con el Señor? Porque nuestro Dios es fuego consumidor, y de nada sirve tratar de huir de eso. Él no es otra cosa. No se consuelen con la idea de que Dios sea algo distinto de un fuego consumidor. Decídanlo. Él dice que eso es exactamente lo que es; y cuanto antes ustedes y yo decidamos que Dios es fuego consumidor, mejor.
Cristo viene; estamos hablando de ello; será para nosotros. Viene en llama de fuego, viene como fuego consumidor; pero quiero saber de qué sirve hablar de su venida si no estamos listos para encontrarnos con él en este fuego consumidor. Todo es engaño para cualquier hombre que siga adelante descuidadamente cuando ésta es la verdad eterna.
¿No recuerdan que la Palabra no sólo dice que le veremos, sino que le veremos tal como él ES? Es decir, le veremos como fuego consumidor, y me alegro de ello. ¡Gracias al Señor! Aquí hay una descripción de él cuando Juan lo vio tal como ES, lo vio como nosotros lo veremos, y ¿qué dice? Sólo algunos puntos: “Sus ojos como llama de fuego”. “Sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno”; y “su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza”. Sus vestidos se volvieron “resplandecientes, muy blancos, como la nieve, tanto que ningún lavador en la tierra los puede hacer tan blancos”, y “blancos como la luz”: la blancura de un resplandor penetrante y consumidor. Ése es él. Y ése es él tal como es cuando viene; y sin santidad nadie verá al Señor. Sin separación del pecado, nadie estará en pie.
Entonces, la pregunta para ustedes y para mí hoy, y todo el tiempo, es: ¿Cómo seremos separados del pecado de tal manera que podamos encontrarnos con él en llama de fuego? ¿Cómo, cómo, cómo?
Mírense a sí mismos y miren su registro, y yo me miraré a mí mismo y miraré mi registro. Miraremos los malos rasgos que hay en nosotros, las luchas que hemos tenido y el anhelo que hemos sentido de vencer estos asedios y de separarnos de todo mal, para que en verdad pudiéramos estar listos. ¿Dónde está el tiempo para prepararnos a nosotros mismos? En el corto tiempo que media entre ahora y aquel día, ¿hay tiempo? Y si lo hay, ¿cuándo será ese momento en que ustedes y yo habremos logrado esto, habremos llegado a separarnos tanto del pecado que estemos listos para encontrarnos con él en llama de fuego? La respuesta es: Nunca. Ese tiempo nunca, nunca llegará.
¿Qué haremos, entonces? No malentiendan. No dije que nunca llegará el tiempo en que podamos ser separados del pecado. Dije: Mírense a ustedes mismos, y yo me miraré a mí mismo, y veremos lo que somos, cuán llenos de malos rasgos estamos, y qué poco progreso hemos hecho en esta obra de vencer, y hagamos la pregunta: ¿Cuándo llegará jamás el tiempo en que ustedes y yo nos hayamos separado tanto del pecado que podamos encontrarnos con él en llama de fuego? Ese es el tiempo del cual digo que nunca, nunca llegará.
Pero, ¡bendito sea el Señor!, hay tiempo para ser separados del pecado. Nunca vendrá un tiempo en que podamos hacer esta obra por nosotros mismos; pero el tiempo es ahora, AHORA MISMO, para ser separados del pecado. El tiempo para ser separados del pecado es precisamente ahora, y ese ahora es todo el tiempo; porque “ahora es el tiempo aceptable; ahora es el día de salvación”. Sólo Dios puede separarnos del pecado; él lo hará, y lo hará ahora mismo. ¡Bendito sea su nombre!
Sin embargo, lo que cada uno debe entender es esto: la única manera en que Dios separa, o puede separar, a alguien del pecado es mediante ese mismo fuego consumidor de su presencia. Por lo tanto, la única manera en que ustedes y yo podemos ser separados del pecado de tal forma que podamos encontrarnos con Dios tal como es, en la llama de fuego que él es, en aquel gran día, es encontrarnos con él HOY tal como es, en el fuego consumidor que él es. La única manera en que podemos estar preparados para encontrarnos con él en su venida en aquel gran día es encontrarnos con él en su venida hoy. Porque hay una venida a los hombres ahora, tan real como la venida al mundo en aquel gran día. “No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros”. Juan 14:18. Pero no olviden que, ya sea que él venga a ustedes o a mí ahora, o que venga a otras personas en aquel gran día, viene solamente como fuego consumidor.
Escuchen: “Si alguno oye mi voz y abre la puerta”, ¿qué dice él? “Entraré a él”. Bien. ¡Gracias al Señor! Y “él es fuego consumidor”; y cuando entra en ustedes, esa venida consumirá todo el pecado que hay en ustedes, de modo que cuando él venga en las nubes del cielo en llama de fuego, puedan encontrarlo con gozo en el fuego consumidor que él es.
Entonces, ¿oyen su voz? “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, ENTRARÉ A ÉL”. ¿Oyen su voz? Entonces abran de par en par la puerta, y manténganla abierta para siempre. Denle la bienvenida, en el fuego consumidor que él es; y esa llama de fuego de su presencia consumirá el pecado en todo su ser, y así los limpiará completamente y los preparará para encontrarse con él en llama de fuego en aquel gran día.
Cuando me encuentro hoy con él “en llama de fuego”, cuando le doy la bienvenida hoy como “fuego consumidor” en mí, ¿tendré miedo de encontrarme con él en llama de fuego en aquel día? No; estaré acostumbrado a ello; y sabiendo cuán bendito es familiarizarse con encontrarlo como “fuego consumidor”, sabiendo qué bendición me ha traído eso hoy, me deleitaré en encontrarlo en aquel otro día, cuando se revele desde el cielo en llama de fuego. “Nuestro Dios es fuego consumidor”. ¡Bendito sea el Señor!
“¿Quién podrá soportar el tiempo de su venida? ¿o quién podrá estar en pie cuando él se manifieste? Porque él es como fuego purificador”. Bien. Entonces, cuando me encuentro con él ahora, en el fuego consumidor que él es, me encuentro con él en un fuego que refina, que purifica. “Y se sentará para afinar y limpiar la plata; porque limpiará a los hijos de Leví, los afinará como a oro y como a plata, y traerán a Jehová ofrenda en justicia”. Eso es separación del pecado; eso es purificación del pecado. Y eso nos coloca donde ofrecemos al Señor una ofrenda en justicia: llegamos a ser siervos de la justicia para santidad, para poder encontrarnos con el Señor. Así que, bendito sea el Señor porque él es fuego consumidor, porque es como fuego purificador.
Miren otra vez aquella expresión en Apocalipsis: “Sus ojos como llama de fuego”. En aquel día sus ojos reposarán sobre cada uno de nosotros, y él mirará a través de nosotros por completo. Cuando sus ojos son como llama de fuego, y esos ojos en aquel gran día reposen sobre cada uno de nosotros y miren a través de nosotros por completo, ¿qué hará esa mirada por todo aquel que esté envuelto, cuerpo y alma, en el pecado? Consumirá el pecado, y al pecador con él; porque no quiso ser separado del pecado. Y hoy, ahora mismo, esos ojos son los mismos que serán en aquel día. Hoy sus ojos son como llama de fuego; y “todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta”. Muy bien, entonces. Si todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel con quien tenemos que ver, queramos o no queramos tener que ver con él, ¿por qué no aceptar el hecho, escoger que sea así, y por nuestra parte abrirlo todo a los ojos de aquel con quien tenemos que ver? Y habiendo abierto así la vida ante él, ante la llama de fuego de la gloria de sus ojos resplandecientes, ¿qué hará eso? Esos ojos de llama viva mirarán a través de nosotros por completo, consumirán todo el pecado y toda la escoria, y nos refinarán de tal modo que él vea en nosotros la imagen de sí mismo.
Está escrito que hemos de servir al Señor “con sinceridad”. Sincero es genuino; es verdadero; es como miel colada. Originalmente, es miel colada, y colada otra vez, una y otra vez, hasta que, al sostener la miel frente a la luz, se halla que está sine-cera, “sin cera”, sin rastro de cera flotando en ella. Eso es lo que él dice que ustedes y yo hemos de ser tan ciertamente como somos cristianos. Dios nos limpia en la sangre de Cristo, nos sostiene en la luz del Señor, y el mundo sólo puede ver la luz. Y así: “Vosotros sois la luz del mundo”.
Aquí, otra vez, está la palabra del Señor: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad”. Salmo 139:23, 24. Ésta es la palabra que se nos da para hoy y para todo tiempo. Otra palabra va junto con ella: “Oh Jehová, tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; ... y todos mis caminos te son conocidos. Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda. Detrás y delante me rodeaste, y sobre mí pusiste tu mano”. Otra traducción lo expresa así: “Me has rodeado por todas partes, y sostienes tu mano sobre mí”. Versículos 1-5. Ése es un hecho. Él nos ha rodeado por todas partes, y su mano está sobre nosotros. Si lo aceptamos o no, eso es otra cosa; pero ése es el hecho con todo hombre en todo este vasto mundo. Así es como todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel con quien tenemos que ver.
Entonces, cuando es un hecho que él nos ha examinado y conocido, y que nos examina y conoce todo el tiempo, ¿por qué no aceptarlo como un hecho y recibir el beneficio de ello? ¿Por qué no presentarle la palabra: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos”? ¿Para qué? “Y ve si hay en mí camino de perversidad”. ¡Oh, eso me coloca delante de su rostro, para que sus gloriosos ojos de luz me miren y brillen a través de mí como fuego, escudriñando si hay en mí camino de perversidad! Y habiéndolo escudriñado, siendo fuego consumidor, él lo consume todo y me guía en el camino eterno.
Así que, el camino seguro para escapar de la llama de fuego de aquel gran día es dar la bienvenida a esa llama de fuego en este día. Por lo tanto, digo de nuevo: que nunca se escape de su pensamiento que “nuestro Dios es fuego consumidor”; y que el camino seguro para escapar de ese fuego consumidor en aquel gran día, cuando no habrá oportunidad de cambiar ni tiempo para escoger, es escoger hoy el bendito cambio que se realiza al dar libre y gozosamente la bienvenida en la vida a nuestro Dios, que es fuego consumidor.
Recuerdo la palabra que fue dicha a Moisés. A medida que Moisés se acercaba más y más a Dios, finalmente dijo: “Te ruego que me muestres tu gloria”. Eso es exactamente lo que aparecerá en el gran día venidero que está cercano: él viene “sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria”. Su gloria cubrirá los cielos en aquel día, y la tierra se llenará de su alabanza. En aquel día estará “envuelto en un resplandor de gloria ilimitada”, y “todo ojo le verá”. Pero ¿quién lo soportará? Ésa es la pregunta; y la respuesta es: sólo aquellos que han orado, y ahora oran, aquella oración cristiana: “Te ruego que me muestres tu gloria”.
Cuando Moisés oró esa bendita oración cristiana, el Señor dijo: “He aquí un lugar junto a mí, ... yo te pondré en una hendidura de la peña”, “yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro”. “Cuando pase mi gloria”, yo “te cubriré con mi mano. Después apartaré mi mano”, y verás. Éxodo 33:21-23. Así que, aunque todo hombre debería temer el terror de la gloria consumidora del Señor en aquel gran día, hoy hay un lugar junto a él. Por eso hemos de invitar a todas las almas; y de parte de él los invito hoy: vengan y permanezcan en este lugar junto a él, en la misma presencia de la gloria flameante. No tengan miedo. Moisés no pudo soportar la plenitud de aquella gloria consumidora en ese día; pero el Señor, en su amor, lo cubrió con su mano y lo protegió de los efectos de aquella gloria que él no podía soportar.
El gran problema en aquel gran día es que la gente no puede soportar la gloria. Los reyes de la tierra, los grandes, los ricos, los capitanes, los poderosos, todo siervo y todo libre huyen a las peñas y a los montes para esconderse, y dicen a los montes y a las peñas: “Caed sobre nosotros, y escondednos del rostro de aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero; porque el gran día de su ira ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie?” La gloria resplandeciente de Dios brillará sobre la tierra, y estas personas no podrán soportarla.
Pero hoy no tengan miedo. Él dice: “Hay un lugar junto a mí”; hay un lugar “en una hendidura de la peña”, y “yo te pondré en una hendidura de la peña”, y yo “te cubriré con mi mano”, de modo que puedas soportar el resplandor y el poder purificador de mi gloria. Y ese fuego consumidor de mi presencia consumirá todo el pecado. Yo “te cubriré con mi mano”: te protegeré aun de esa debilidad que, en ti, te hace incapaz de soportar la plenitud de mi gloria. Y cuando él quite su mano en aquel gran día, los que hayan habitado a su lado y hayan sido purificados al vivir en este fuego consumidor hasta ser emblanquecidos y probados, podrán mirar su rostro sin velo. En todo el brillo de su gloria, lo miraremos y lo veremos tal como él es.
Y ahí es donde estamos ahora llamados a mirar. A cara descubierta podemos mirar, aun ahora, a su rostro. Porque, en la carne de Jesucristo, Dios ha velado el poder aniquilador de la gloria de su rostro; porque, habiendo resplandecido en nuestros corazones, él da “la iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo”. Al mirar el rostro de Jesucristo, vemos el rostro de Dios, y “nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor”.
Entonces, que toda alma dé la bienvenida al glorioso mensaje que Dios envía al mundo: “Recibid el Espíritu Santo”; den la bienvenida a ese bendito Espíritu que obra este cambio por el cual somos transformados de gloria en gloria y preparados para encontrarnos con él en aquel gran día de gloria; y den la bienvenida no sólo al Espíritu Santo, sino procuren con celo los dones mejores que el Espíritu Santo trae cuando viene. Procuren los dones espirituales; porque éstos han de llevarnos a la perfección en Cristo Jesús. Sólo de esta manera seremos hechos perfectos en Cristo Jesús; y en Cristo seremos preparados para encontrarnos con él tal como es.
Dios es fuego consumidor; y me alegro de ello. Nuestro Dios viene; y me alegro de ello. Viene en llama de fuego; y me alegro de ello. Viene en toda su gloria; y me alegro de ello. Me entristece que haya alguien sobre quien tenga que dar retribución; pero me alegro de que viene el día cuando todo pecado será barrido por nuestro Dios, que es fuego consumidor.
Vengan, hermanos. ¿Están listos? ¿Están listos para encontrarse con él en aquel día? Si no, él les dice hoy: “Hay un lugar junto a mí”. Vengan hoy, y permanezcan en este lugar junto a mí. Les revelaré toda mi gloria; “yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro”. Y donde haya en ustedes algún defecto que ahora mismo no pueda soportar el fuego profundamente consumidor de esta gloria, yo “te cubriré con mi mano” hasta que todo haya pasado; de modo que pueda separarlos de todo pecado y salvarlos en aquel día de gloria.
¡Oh, entonces, den la bienvenida a aquel que es fuego consumidor! Habiten en su presencia. Abran la vida. Reconozcan el hecho de que él es fuego consumidor, que nunca es otra cosa. Entonces regocíjense en ello hoy. Habiten hoy en ese fuego consumidor. Y cuando aquel gran día irrumpa sobre la tierra en toda su gloria, también nos regocijaremos en ese día. Entonces estaremos en pie y diremos: “He aquí, éste es nuestro Dios”. Pero ¡qué! ¿Con los montes lanzándose por el aire; toda isla huyendo de su lugar; la tierra levantándose desde abajo; los cielos desapareciendo como un rollo, con un estruendo más que ensordecedor; y llama de fuego por todas partes, su rostro como el sol, sus ojos como llama de fuego; en todo esto nos regocijaremos? Sí, ¡bendito sea el Señor! Nos regocijaremos, porque “éste es nuestro Dios”. Lo hemos visto antes; hemos vivido con él; hemos dado la bienvenida a su presencia consumidora; hemos dado la bienvenida a la llama viva de la cual sus ojos son como llama de fuego, para que nos traspasaran y escudriñaran si había en nosotros camino de perversidad. Sabemos qué bendición y gozo fueron traídos a nuestras vidas cuando su gloria consumidora nos purificó del pecado y del pecar, y nos hizo siervos de la justicia para santidad. Y sabiendo cuán bendito fue eso, exclamamos con plenitud de gozo perfecto: “He aquí, éste es nuestro Dios”, en verdad. Ahora lo vemos más plenamente que antes. Eso significa aún más bendición. “He aquí, éste es nuestro Dios, le hemos esperado, y nos salvará; éste es Jehová a quien hemos esperado, nos gozaremos y nos alegraremos en su salvación”. Isaías 25:9.